miércoles, 24 de julio de 2019

Fauna de oficina: Salvador

Su nombre no es Salvador. Pero lo llamo así por que es mi salvador. En muchos aspectos.

Salvador y su novio
Salvador y su novio
Trabaja en Finanzas. No tengo idea de qué es lo que hace. Pero debe gustarle por que se lo ve casi siempre contento. Tiene una forma de hablar muy musical, y una risa ruidosa y contagiosa. Yo siempre le digo que se debería dedicar a la comedia stand-up. Y él se ríe.

Tiene como 50 años. Y es el dueño de la pieza donde me mudé.

Salvador tiene un novio con quien convive. Lo voy a llamar Salvador 2, a falta de un nombre mejor. Salvador 2 tiene algo así como 30 años. Y no se puede creer lo fuerte que está. Pero es el novio de Salvador 1 (o sea que no le interesan las mujeres). Y es el nuevo niñero de Francisca.

Y lo hace gratis. Él dice que su sueldo está incluído en el alquiler. Yo lo acepto, por que de todos modos no tendría plata para pagar un sueldo de niñero. Pero la verdad es que lo hace de onda, y cuando gane más plata espero poder pagarle un verdadero sueldo.



Cuando estoy en el trabajo se la pasa mandándome WhatsApps con fotos y videos de Pancha. Él dice que es por que ella es muy fotogénica. Bueno, sí. Es fotogénica. Pero él lo hace para que me quede tranquila de que ella está bien.

Los adoro a Salvador y a Salvador 2. Si fuera posible me casaría con los dos y formaríamos una familia un tanto extraña. Pero lo que es seguro es que a Pancha no le faltaría amor.



Hace apenas unos días que me mudé. Los Salvadores fueron tan amables que se me pasó rápido el miedo que tenía de dejar la casa de los viejos. Pero hay momentos en que siento que me ahogo. Vienen a mi los recuerdos de cuando estuve encerrada y encadenada. Siento que las paredes se me vienen encima. Siento que me falta el aire. Siento terror y angustia. Me tiro al piso y me enrollo en posición fetal. Hay momentos en que grito fuerte. Muy fuerte.

Y ahí están los Salvadores. Vienen y me calman. Y la calman a Pancha, que con mis gritos sufre horrores. Salvador dice que está acostumbrado a episodios peores que los míos, por que tiene una hermana que sufre ataques de pánico y que su mamá era esquizofrénica. Vienen, me convidan mate, nos invitan a su casa a ver Netflix en su súper televisor de mil pulgadas. Y los terrores se me pasan. ¿Ya dije que los adoro?



Mientras ellos estén cerca, sé que no tengo de qué preocuparme.

Escribo esto aprovechando que Salvador 2 le está dando la mamadera a Pancha. Estoy tranquila. Siento que, por ahora, las cosas están bien.

Sí, estamos viviendo las dos en una pieza minúscula. Sí, tengo un trabajo que me agota las pocas energías que tengo y gano un sueldo que apenas me alcanza para el alquiler. No, no tengo tiempo ni oportunidad de hacer las cosas que me gustan, como hacer fotos o modelar. Pero estoy feliz. Por que siento que estoy tomando las decisiones correctas. Siento que Pancha va a poder confiar en mí. Siento que de verdad estoy en condiciones de ser su mamá.



viernes, 19 de julio de 2019

Una nueva mudanza (y van…)

Otra vez estoy embalando mis cosas. Un nuevo cambio. Igual que hace tres años.

Mudanza - Auto cargado
Con el auto cargado
No, igual no. Hace tres años me llevé tres bolsos, mi cámara de fotos y alguna boludez más. Ahora llevo mis cosas (1 bolso) y las de Francisca (3 bolsos, cuna, juguetes, pañales y mil cosas más).


Hace tres años me esperaba el innombrable con el motor encendido para irnos a nuestro “nido de amor”; nido que poco tiempo después se convertiría en mi infierno personal. Hoy me esperan mis viejos, para llevarnos a Pancha y a mí hasta nuestro nuevo hogar.

Hace tres años estaba eufórica de emoción. Hoy estoy muerta de miedo, por que la “aventura” que comencé hace tres años terminó en desastre. La vida me dió sus golpes más duros y de milagro pude volver viva a la casa de mis viejos.

Hace tres años estaba desesperada por irme. Hoy quiero quedarme, pero me enfrento al miedo por Francisca: ella tiene que crecer en un lugar que pueda llamar “mi casa”, no en un lugar donde esté de prestada, en un lugar donde no tenga claro quién es su mamá y quién es su abuela.


Hace tres años no me importaba nada excepto irme. Hace tres años tenía permiso de fracasar. Si me iba mal, yo sería la única damnificada (y no me imaginaba cuán damnificada iba a terminar). Ahora el fracaso no es una opción, por que no me voy sola, me voy con alguien que depende enteramente de mí.

En realidad estoy escribiendo esto para darme fuerzas para irme. Y me cuesta. Mucho. Pero tengo que hacerlo por ella.


Es todo. Ya tengo todo embalado, me espera mi viejo con el motor encendido. Allá voy. Ojalá esta vez no tenga que volver vencida a la casita de mis viejos.


sábado, 6 de julio de 2019

Del otro lado de la puerta

Escribí este relato a modo de ejercicio, a partir de una pregunta de mi colega escritora Ashley Nicole (@A_Nicole_Writes): ¿Cuál es la parte más difícil de escribir como el sexo opuesto? Para averiguarlo, se me ocurrió contar los hechos de mi relato “El ruido de la llave en la puerta”, pero desde el punto de vista del innombrable que me atacó. A continuación, los resultados...


Enemigo abriendo la puerta
El enemigo abriendo la puerta
Qué día de mierda. Qué vida de mierda.

Hoy me levanté lleno de expectativas, y el destino se encargó de destrozarlas sin piedad.

Hoy se me iba a dar. Después de mucho remar, Malena, mi compañera de trabajo, había accedido a que saliéramos juntos, y hoy era el día. Estaba desesperado por conocer su cuerpo de 20 años.



Me había hecho toda la película. Había imaginado cada instante de nuestro encuentro. Había pensado cómo desvestirla, cómo recorrer su piel con mis labios. Y cómo la penetraría, en cuanto ella se entregara a mí.


Hoy era el día. Pero el destino no lo quiso. Ella no fue a trabajar.

Le mandé mil mensajes, y no me contestó ni uno. Ni uno. Hija de puta. Aunque sea me hubiera dicho si ella tenía tantos deseos de verme como yo de verla a ella. Pero no. No me dijo nada de nada. Qué hija de mil putas.



Ahora voy de vuelta a casa, donde me espera mi mujer. Quisiera llegar y que no esté, que se haya ido a lo de sus viejos. Que haya decidido seguir su vida sin mí. Quisiera encontrarme con una carta suya diciendo “perdón mi amor pero decidí irme porque bla, bla, bla…” Pero sé que eso no va a pasar. Sería demasiado bueno.

Me fui al puterio para demorar mi llegada a casa. Me saqué la leche con una de las putas, pero con eso sólo conseguí empeorar el bajón. Siento que mi vida es aún más mierda, si es que eso es posible.



Sé que voy a entrar al departamento y ella se me va a quedar mirando sin decir nada, con esos ojitos de cachorro enfermo, esperando que yo le sonría y le dé un beso apasionado de marido ejemplar. Me da ganas de vomitar de sólo pensarlo. ¿Qué hice tan mal para merecerme esto?

Otra vez no me equivoco. Apenas me la encuentro, me mira en silencio, con miedo. Está esperando para descubrir si estoy de buen o de mal humor. ¿De qué humor querés que esté, pelotuda?



De repente no tiene mejor idea que preguntarme qué me pasa. Le contesto con un cachetazo. No tan fuerte como para lastimarla, es sólo una advertencia para que entienda que no tiene derecho a preguntarme eso. No tiene derecho a preguntarme nada.

Pero para ella sí fue fuerte, supongo. Está bien, me fui al carajo. Lo reconozco. “Perdón”, le digo con tranquilidad. Incluso intento abrazarla. Pero ella reacciona para la mierda y se encierra en el baño. La muy forra.

Paso horas tratando de hablarle de todas las maneras posibles. Al principio, tranquilamente y pidiéndole perdón, diciéndole que la quiero, y todo eso. Después, golpeando la puerta, y al final, tratando de tirar la puerta abajo.



Es que me termina sacando. Le digo que no sé para qué mierda acepté convivir con ella. Le digo que por qué no se muere, así nos hace un favor a los dos. “Menos mal que estás encerrada, por que si no, capaz que te mato y encima voy yo en cana”, le grito.

Agarro mis llaves y hago ruidos fingiendo que me voy, para que salga del baño. La guacha sale, pero ve que mi saco está colgado del perchero y se aviva de que no me fui. No es tan tonta. Se encierra de nuevo. Qué boludo que soy, cómo no me fijé en ese detalle.


De repente me dan ganas de mear. Le digo que ya está, que salga, que no le voy a hacer nada, que me estoy meando. Y la hija de remil putas no sólo no me da pelota, sino que se caga de risa. Si la pudiera agarrar la acogotaría como a una gallina.

Al final me voy de verdad. Pero me llevo sus llaves, para que no pueda salir del departamento. Voy a la estación de servicio de la avenida, para usar el baño. De paso, me quedo a tomar un café. Veo mi reflejo en el vidrio. Me veo solo, y no me gusta. Capaz que estoy siendo muy duro con ella. Decido volver para pedirle perdón. Le compro unos bombones con forma de corazón.



Ensayo lo que le voy a decir, llorisqueando un poco para parecer más sincero. Sé que a veces me hincha las pelotas, pero es preferible bancarse eso que estar solo. Pero de repente me acuerdo de Malena. De cómo me cagó. De cómo no contestó ni uno de mis mensajes. Son todas una mierda, se creen que pueden hacer lo que quieren con nosotros.

Voy hasta la cochera. Abro el baúl del auto y agarro el crique y mi caja de herramientas. No sé cómo voy a hacer, pero de alguna manera me las voy a ingeniar para abrir la puerta del baño. Y ahí, que Dios la ayude.



Vuelvo al departamento y no puedo creer lo que veo. La puerta de entrada está forzada. La cerradura está destrozada. Ella no está, y sus cosas tampoco. Se fue. Pego un grito y tiro el crique contra un espejo y lo hago trizas. Sale una vecina a ver qué pasa, y en seguida se mete adentro de vuelta, asustada.

Me las va a pagar. Juro que me las va a pagar. Se va a arrepentir de lo que me hizo, lo juro. Se va a arrepentir por el resto de su vida.

sábado, 25 de mayo de 2019

Bajo mi dominio


Todo empezó cuando me prestaron una prenda de lencería erótica para que me la probara. Nada más tenía que ponérmela y sacarme fotos, para mostrar cómo me quedaba y ver si daba para modelo de lencería.

Bajo mi dominio - cara perversa
Bajo mi dominio
Eso hice. Me saqué las fotos y las subí a Instagram y a Facebook. Eso fue lo único que tuve que hacer para descubrir un poder que no sabía que tenía. El poder de una abeja reina, tal como lo describe a la perfección la canción de Rata Blanca.

Un pensamiento me llevó a otro, y finalmente terminé entendiendo por qué nuestra ex presidenta vuelve a postularse. No es para seguir juntando plata en carretilla. ¿Para qué querría más plata de la que tiene? No. Es por la adicción al poder. Ella está hambrienta de votos, así como yo estoy hambrienta de likes y de comentarios. Ella quiere que la voten. Yo quiero que me sigan. Ella quiere ser vicepresidenta (creo) y yo, influencer. A las dos nos embriaga el poder de hacer que la gente haga lo que queremos. Ambas aspiramos a tener a un ejército de zánganos dispuestos a hacer lo que sea para complacer cualquiera de nuestros deseos.

Bajo mi dominio - perversa de atrás
Vengan, zánganos
Un amigo de facebook me dijo “siento que tu poder domina mi existencia”. Él estaba en su trabajo, dispuesto a hacer cualquier cosa que yo le dijera. Miraba mis fotos y temblaba de excitación. Aunque estaba rodeado de gente, metió su mano en su pantalón para tocarse. Sólo por que yo le dije que lo hiciera. Yo también estaba en mi trabajo, tranquila, tomádome un té. Yo era la titiritera, y él, mi marioneta. Yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Tuve que inventar algo para explicarles a mis compañeras de qué me reía. Lo confieso: yo también estaba muy excitada.




Hace algún tiempo experimenté siendo una ama dominadora. Gocé a un nivel al que nunca antes había llegado. Pero me asusté mucho. Por que sentí que podía perder el control y hacer mucho daño. Entonces lo dejé de lado completamente. Pero ya era tarde, la situación se había salido de control y terminó haciéndome mucho daño a mí misma.

Bajo mi dominio - entrepierna
¿Quieren un poco de esto?
Después pasaron muchas cosas, entre ellas el nacimiento de mi hija. Rehice mi vida. Mis prioridades cambiaron y mi mentalidad también. Olvidé por completo todo aquello de la dominación. Hasta ahora.

Ahora volvieron a mí los deseos de dominar, de controlar. Recordé el placer que se siente al manejar las voluntades ajenas, al tener el destino de otros en la punta de mis dedos.




Pero no me puedo permitir cometer los errores del pasado. Ahora tengo responsabilidades que antes no tenía. Tengo una hija y un trabajo del que dependo para sobrevivir. Tengo que cuidar muy bien de ambos. Tengo que ser dominadora incluso para controlar a mis propios deseos.

Así que voy a ir despacio. Y, tal vez, descubra que, yendo despacio, el goce es aún más intenso.

Bajo mi dominio - desnuda en la alfombra
Ella maneja la situación, abeja reina de este lugar.
Sabe que todos quieren su miel, pero a ninguno se la dará.


Tengo que agradecer especialmente al zángano Fer Ferchu, quien con sus desmedidas alabanzas contribuyó a reactivar en mí los deseos de dominar y controlar.



domingo, 7 de abril de 2019

Fauna de oficina: Casado Infiel


Cometí un error. Me dejé llevar por un impulso. Ni siquiera fue por pasión, por que no hubo ninguna pasión. Sólo un impulso, un único impulso, que fue más fuerte que yo. Paso a relatar.

Casado Infiel
Mi mujer no me comprende...
Él se llama Casado Infiel. Por que es casado y es infiel (lo siento, no estoy muy imaginativa para los nombres). Y también es un mentiroso; me quiso hacer creer que, antes de conocerme, nunca le había sido infiel a su esposa. Yo me pregunto, si no es infiel, ¿por qué anda con un preservativo escondido en la billetera?

En realidad dice eso para librarse de la culpa. Me dice: “vos me hacés hacer cosas que yo jamás sería capaz de hacer”. Claro, entonces la culpa de que seas infiel es mía, ¿no? Pelotudo. Y lo peor es que me caía bien.

Casado Infiel es visitador médico. Debe ser muy buen vendedor por que me vendió una imagen de tipo sincero, con sentimientos, buena onda, sin segundas intenciones. Y yo compré. Y ahora lo estoy pagando.

Su modus operandi es el de un cazador: estudia muy bien a su presa antes de atacar. Y a mí me estudió y me aprendió de pe a pa. Y planeó cada movimiento con cautela.

Por ejemplo, no me invitó a salir de entrada. Estoy harta de los pesados que sin saber ni mi nombre me proponen ir a tomar un café. Pero Casado no lo hizo, e hizo bien.



Cada vez que venía a que yo le entregara sus cajas de nuestras me hablaba de algún tema que a mí me interesaba. Y se mostraba genuinamente interesado en cada cosa que yo le contaba. Y recordaba cada detalle: en cada charla me preguntaba acerca de cosas que habíamos hablado en charlas anteriores. Me prestaba atención. Y eso es algo que pocos hombres hacen.

Es un tipo de cuarenta y pico, pelo entrecano, siempre bien afeitado. Cuerpo cuidado, pero sin exagerar. Lejos de la metrosexualidad. Bien vestido, pero también, sin exagerar.

Un día vino a llevarse una caja que no me aparecía en la compu, por lo que tuve que ir con él al depósito para verificar el lote. Y ahí no sé qué me pasó. Le dije que teníamos que ir a una parte cerrada del depósito, de la cual yo tengo la llave. Espero que no haya cámaras de seguridad. Si alguien se llega a enterar de lo que hice, la patada más chica que me van a pegar me va a dejar en La Quiaca.

No sé si fue el sonido de su voz, si fue su olor, o si inconscientemente estoy buscando un padre para Pancha y el aire paternal de este tipo me sedujo. Pero la cosa es que lo violé. Y él no puso mucha resistencia que digamos. Me consta que lo disfrutó.

Hacía mucho que no me desnudaba ante un hombre (dejando de lado a los que me atendieron en el parto, claro). Y a pesar de que aún no estoy cómoda con mi cuerpo de madre, con él no tuve ningún pudor.




Pero no fue ese el error que cometí. El error vino después: acepté salir con él.

Qué sé yo por qué. Me lo sigo preguntando y preguntando, y no encuentro respuesta. Pero me invitó a tomar un café (como hacen todos los otros pesados) y (a diferencia de lo que hago con los otros pesados) le dije que sí. Supongo que quien dijo que sí fue mi cuerpo, recordando la experiencia del depósito, y confiando en que se repetiría. Pero no se repitió nada.

Resulta que eso de “tomar un café” en realidad significaba ir a un telo. Yo imaginaba que iríamos a eso, pero creía que habría algo más, algún preliminar, o algo después, pero no. No hubo nada.

Es que no conozco mucho de las rutinas de los casados. Por lo visto, siempre andan con poco tiempo, entonces no tienen posibilidades de charlar, de pasear a la luz de la luna o de quedarse abrazándote después del sexo. Sus excusas (partido de fútbol, cerveza con los amigos, gimnasio, etc.) les compran periodos breves de infidelidad. Tan breves son esos períodos que no alcanzan para otra cosa más que para ponerla.



Y así fue nuestra “salida”. Un polvo, un frío beso de despedida, y chau hasta mañana. Horrible. Y yo, re ingenua, me había comprado un conjuntito nuevo, me había preparado toda, y me había entusiasmado con eso de “estar de vuelta en carrera”.

Lo más triste es que, según parece, para él estuvo bien. Por que quiere que lo hagamos de nuevo. Lo que no se da cuenta es de que perdió todo su atractivo. Se volvió el más pesado de todos los pesados. Me escribe cartitas, me llena el WhatsApp de audios melosos, me trae flores. Me cuenta que con su esposa ya no pasa nada. Que son como primos, que duermen juntos pero que ni se tocan. Que ya no hay pasión, no hay fuego, no hay nada. Y claro, seguro que la culpa es de ella. Casado Infiel no tiene la culpa de nada. Si el sexo entre ellos es como el de nuestra “salida”, la re entiendo a la esposa. Yo que ella le metería los cuernos.

Ya le dije que se deje de joder, que por su culpa me van a echar a la mierda del trabajo. Pero el tipo insiste. Si me echan por su culpa, la voy a ir a buscar a la esposa y me voy a hacer su amiga. Y entre las dos vamos a idear la venganza más espeluznante que se pueda imaginar.



sábado, 23 de marzo de 2019

Fauna de oficina: Nosferatu


Tal como dije la vez pasada, ya me estoy hartando de la rutina laboral. Pero no es la rutina en sí lo que me harta, sino esas cosas molestas que no se pueden cambiar, y con las que hay que lidiar prácticamente todos los días. Si no fuera por esas cosas, de seguro la rutina diaria sería más llevadera.

De esas cosas molestas hay muchas. Pero la que más me irritó (y me tuvo noches sin dormir) fue la . actitud de la empresa ante un problema personal que tuve. Se enfermó mi hija Francisca y tuve que faltar al trabajo. Y como mis empleadores consideraron que se trataba de una falta injustificada, me amenazaron con descontar de mi sueldo el tiempo que me ausenté y, además, quitarme el presentismo. Y en momento como este, en que la plata no alcanza para nada, que encima te quieran meter la mano en el bolsillo, duele.

Nosferatu, el gerente de RR.HH.
"¿Quiere conservar el presentismo...?"
Todo esto es para contar cómo conocí al gerente de recursos humanos, a quien yo llamo Nosferatu.

Lo llamo así por que es un tipo pálido, ojeroso, pelado, de orejas puntiagudas y con aspecto poco sano. Debe haber sido un ávido fumador en otra época de su vida. No ví que tenga grandes colmillos, pero sería lo único que le falta para ser un vampiro.

En el “tour” extraoficial que Chepibe me hizo por la empresa, apenas mencionó al gerente de personal. Ahora creo que no lo mencionó por que le tiene miedo.

Y a mí también me daba miedo. Y ni hablar el miedo que me dió cuando un miércoles, después de haber faltado un día y medio por causa de la enfermedad de Pancha, al llegar al trabajo, mi compañera Patricia me dice: “Te buscan en la oficina de personal. Me dijeron que vayas ahora”.

“Ya está”, pensé. “Fue bueno mientras duró”. Y empecé a hacer cálculos de cuánto me tendrían que pagar por echarme, si me correspondería alguna indemnización a pesar de estar en periodo de prueba, si podría mencionar este trabajo en mi currículum, y quién sabe cuántas cosas más. Todos esos pensamientos se disiparon cuando lo ví a Nosferatu esperándome en la oficina de personal con una sonrisa que lo hacía ver doblemente terrorífico. Entonces lo único que pensé fue en estar atenta para salir corriendo apenas ese monstruo quisiera chuparme la sangre.

“Cerrá la puerta, por favor”, me dijo apenas entré. Yo temblaba como una hoja. Pero me senté y lo miré de frente.

Su sonrisa aterradora cambió por una expresión seria pero amable.

“¿Cómo está Francisca?”, me preguntó.



Esa sola pregunta cambió todo lo que yo presuponía de ese hombre. En vez de hablar de mi falta, o de echarme del trabajo, o de las cuestiones laborales que había que discutir, me preguntó por mi hija. Y no se refirió a ella simplemente como mi hija; me preguntó por “Francisca”. Por lo visto, a este vampiro le quedaba todavía algo de humanidad.

“Ahora está bien, gracias”, le conté con una sonrisa de honesto agradecimiento. “Estuvo con broncoespasmo pero ya se le pasó”. A partir de ese momento dejó de ser Nosferatu para convertirse en un viejito bueno. Como mi abuelo. Hasta me dió consejos sobre remedios caseros para el broncoespasmo.

Nosferatu contento
"Buenas noches..."
Pero eventualmente llegó el momento de hablar de las cuestiones laborales. Yo me esperaba el típico “Vamos a tener que dejarte ir”. Pero en cambio, Nosferatu me explicó con lujo de detalles la política de la empresa para recuperar faltas. Resulta que puedo evitar que me descuenten plata del sueldo si recupero las horas trabajando en sábado. No es lo ideal, pero de la forma en que lo explicó, me pareció bastante razonable.


“Está en el reglamento interno”, me explicó Nosferatu. “Ah, me debo haber salteado esa parte”, me excusé. “No te preocupes, nadie lo lee”, me confesó guiñando un ojo.

La moraleja es que no hay que juzgar a la gente por su aspecto. Perfectamente puede haber un viejito bonachón escondido tras una cara terrorífica.

Y la otra: qué al pedo que es preocuparse. Pasé noches sin dormir pensando en cuánta plata me iban a descontar, en cómo podría discutirlo, si tendría que contratar a un abogado… qué al pedo.



sábado, 16 de febrero de 2019

Fauna de oficina: Chepibe

Chepibe
Chepibe
Para la mayoría de las personas, la rutina laboral es un castigo, apenas compensado por el magro sueldo que a fin de mes les permite pagar parte de sus deudas.

Para mí, en cambio, es un mundo nuevo por descubrir. Discúlpenme, es que nunca tuve un trabajo “en serio”; hasta ahora solo había tenido trabajos ocasionales, sin horarios, ni rutina, ni jefes.

Pero sí, es probable que, con el tiempo, me termine hartando de la rutina; como todo el mundo. Me imagino que hacer todos los días los mismos viajes de ida y de vuelta, ver a la misma gente, hacer las mismas tareas, hablar las mismas cosas… puede volverse insoportable. Además del hecho de volver a casa cansada, para pasar apenas un rato con mi hija, deseando que se duerma para poder dormir yo también.


Pero por ahora, al menos, disfruto descubriendo los misterios de este rutinario mundo del trabajo de lunes a viernes y de jornada completa.

Lo que más disfruto es analizar a los personajes con quienes interactúo a diario. Son personajes complejos, cada uno con facetas que los hacen interesantes.

Chapulín Colorado
Chapulín Colorado
Voy a tratar de ir describiéndolos a todos (al menos hasta que me echen o reununcie). Y voy a empezar por mi personaje favorito por el momento. Como no quiero usar los nombres reales, a este lo voy a llamar simplemente Chepibe.

Chepibe es una especie de superhéroe. Pero no como Superman, con músculos de acero y poderes sobrenaturales. Más bien como el Chapulín Colorado: es un superhéroe de muy bajo perfil, sin facha, y sin ningún otro poder más que una voluntad a toda prueba.

Perdón, sí tiene un superpoder: la viveza. Chepibe es un tipo inteligente, despierto, pillo, rápido. Y lo más importante: buena onda.


 

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