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domingo, 10 de diciembre de 2017

Recuperación

Quisiera decir que la historia de mi secuestro tuvo un final feliz, pero los días posteriores al rescate no fueron precisamente muy felices. Pensé que había logrado escapar de ese infierno, pero el infierno continúa. Todas las noches tengo pesadillas en las que siento que me asfixio. No puedo despertar de esas pesadillas debido a que necesito pastillas para dormir. Estoy atravesando un lento tratamiento psiquiátrico para ver si vuelvo a mi vida normal.

Tengo pánico de salir a la calle. Estoy viviendo en casa de mis padres y no voy a volver a mi depto.
No sé qué haré de aquí en más. No tengo planes. No sé qué haré con este blog. Ya no habrá más historias desde el balcón, por que ya no hay balcón.

No más fantasías sexuales, no más exhibicionismo, no más juegos de dominación, no más trabajo de modelaje. Era cierto que el mundo no estaba listo para mí.

Voy a seguir escribiendo y publicando aquí lo que se me cruce por la mente, por que me hace bien. Es una buena terapia, la recomiendo. Pero les advierto que muy probablemente se aburran leyéndome.

Sé que hay unos pocos que me entienden, me siguen y me brindan una amistad incondicional. Sepan que son enormemente importantes para mí, y por ustedes voy a hacer mi mayor esfuerzo por seguir volcando mi corazón en estas páginas. Los quiero, de verdad.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Estadía en el infierno - Día 3

Estadía en el infierno - diario del día 3Domingo. Anoche me bajé todo el vino que me dejaron acá. Eso me ayudó a dormir pero ese vino berreta en envase de cartón hoy me está rompiendo la cabeza. Rompí la remera de la vieja en muchos pedacitos y ahora los estoy usando como esponja para lavarme. Me cago de frío pero prefiero eso antes que tener puesta la ropa de esa vieja de mierda.

Hoy vino la vieja a traerme el desayuno. Vio que había roto su remera y se calentó para la mierda. Me gritó de todo. Me echó en cara que me había traído mate y termo para que tomara tranquila, que había comprado facturas. Me tiró las facturas por la cabeza y se llevó todo lo demás. No me dejó nada. Ni siquiera el jabón. Ahora no tengo más que la ropa mugrienta con la que vine a este infierno. Ya no tengo ni fuerzas para llorar. Me pregunto cuánto tiempo llevará morirse de hambre, qué tan lenta será la agonía. Empiezo a considerar otras alternativas para terminar rápido con este sufrimiento.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Estadía en el infierno - Día 2

Sábado. 4 de la mañana. Me despierta el frío y el coro de ronquidos que viene del otro lado de la pared. Me estoy cagando de frío. Golpeo la pared y les grito que me traigan algo para abrigarme. Amalia se despierta y empieza a putear a los gritos.

10 de la mañana. Se ve que la fábrica hoy no trabaja por que no se escuchan ruidos. La vieja me trajo una manta así que pude dormir. Ahora ya están despiertos de nuevo y ella le está gritando al marido. “Otra vez en pedo gordo de mierda son las 10 de la mañana. Andá llevale algo a la trola”. Empieza a sonar la cumbia a todo volumen.

11 del mediodía. Hace un rato Leonardo me trajo mate cocido y unos bizcochos de grasa. No me habló ni nada, se lo notaba medio hecho mierda por la resaca. Me siento hecha una mugre. Intento lavarme un poco pero sin siquiera desodorante mucho no puedo hacer. Además no tengo ropa para cambiarme, el short y la remerita ya dan asco. Intento hacer algo de ejercicio, algunas posturas de yoga, aunque con la cadena en el cuello se me hace imposible.

Siempre tuve curiosidad por saber cómo funcionaba el tráfico de mujeres. De morbosa nomás. Supongo que ahora lo voy a aprender. Lo voy a vivir en carne propia. Ojalá me compre un jeque árabe y me tenga en su harén rodeada de lujos. Pero si estos viejos hijos de puta no me cuidan un poco mejor, nadie va a dar dos mangos por mí. Voy a empezar a tener panza y las piernas y el culo se me van a poner flácidos. No voy a valer nada. Mejor, capaz que entonces me dejan libre por que nadie me va a querer comprar.

2 de la tarde. Vino Marcos y me dejó un sandwich y una botellita de agua mineral. Cuando le dije gracias se atrevió a mirarme un poquito a los ojos. Fueron unos segunditos nomás. Se quedó como dudando. Enseguida se escuchó la voz de la vieja que lo llamaba así que se fue al toque.

7 de la tarde. Hace un rato vinieron los dos viejos. Fue raro. Se pusieron a tomar mate y a hacerme compañía. La vieja estaba amable. No sé si estaba fingiendo o realmente se volvió buena por un rato. Me convidó unos mates y unas pepas. Yo estaba tan necesitada de ver gente y de tener compañía que lo acepté. Me animé a pedirle un desodorante y alguna ropa para cambiarme. Me trajo el desodorante y una remera de ella que me queda como un camisón. Después me sorprendió más todavía. Me dijo: “hoy está lindo, el gordo va a hacer asado a la noche. Le salen fenómenos, vas a ver”. No entiendo por qué tanta amabilidad de repente.

12 de la noche. Me cuesta escribir esto. No sé cuánto más bajo se puede caer. Esta familia de dementes se vinieron a comer el asado a mi habitación. Los dos viejos y el pibe. Trajeron un mesa y sillas de camping pero la pusieron lejos y yo no llegaba con la cadena. Me prepararon un plato con chorizo, morcilla y un pedazo de tira. Lo dejaron en la mesa y me dijeron que me lo alcanzaban solo si yo hacía lo mismo que en el depto: ponerme en bolas y pajearme adelante de ellos. “Total ya todos te vimos, no va a ser nada nuevo”, dijo la vieja hija de puta. Los mandé a la mierda, los putié con toda mi furia y me enrosqué en la cama a llorar dándoles la espalda. Les dije que tiren el asado a la mierda. Mientros ellos comían y tomaban vino.

Cuando terminaron de comer Marcos se llevó los platos sucios. Amalia me dijo: “es tu última oportunidad. ¿Qué hago, me llevo tu comida?”. Ni me moví. “Listo, morite de hambre entonces”. Ahí aflojé. Me levanté y le dije que espere. Me desnudé adelante de ellos y me empecé a tocar, llorando. Los dos viejos se calentaron, empezaron a besarse y a tocarse entre ellos. No quise mirarlos me daban repulsión. Al rato el viejo me acercó la mesa y la silla y se fueron. Me senté a comer sin dejar de llorar. Se escuchaban gemidos y gritos desde la otra habitación. Me pregunto si Marcos estaría ahí viendo el espectáculo.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Estadía en el infierno - Día 1

Viernes 4 de la tarde. Del otro lado de la pared se escucha la voz de Amalia. Habla muy fuerte. Le habla a su hijo. La voz de él apenas se escucha y contesta siempre con sí o con no. Creo que están solos ellos dos.

Necesito bañarme. Siento que soy un asco, especialmente mi pelo. Pero ni siquiera tengo jabón.
Golpeo la pared y le grito a la señora para que me traiga jabón. Escucho que protesta. “Qué se piensa que esto es un hotel. Tomá llevale jabón”.

6 de la tarde. Marcos me trajo un jabón y se fué. Intenté lavarme un poco pero el agua es un asco me deja la piel peor de lo que estaba. Escucho una voz de hombre. Debe ser el marido.

7 de la tarde. Hace un rato entraron Amalia y el marido. “Mirá gordo pidió jabón y se lo traje. ¿Ves que la cuido bien? ¿Qué más querés? ¿Querés tomar algo nena? Andá gordo traele algo para tomar”.
Agarré la cadena de mi cuello y se la mostré a Amalia mientras le preguntaba: “¿Esto es por lo que le hice a su hijo?”
“No tarada. ¿Le sacaste leche a Marquitos? Mejor para él”.
“¿Entonces por qué? ¿Para qué me quieren?”
“Guita, pelotuda. Vales mucha guita. Con vos nos salvamos para toda la cosecha”.
Entró Leonardo con un pan flauta y un vaso de jugo Tang. Me lo dejó en el piso y se fueron.
No pensaba comerlo pero al final aflojé y me lo comí.

12 de la noche. Hace un rato entró Leonardo. Siempre sonriente y tranquilo. Me trajo un plato de guiso y una botellita de agua mineral. También me trajo un farolito de camping para que pueda ver algo. Me senté en la cama. Me dejó las cosas al lado y se sentó él también en la cama. “Comé nena, estás piel y huesos”. Me dio una cuchara y empecé a comer. Mientras él me miraba. De repente alargó el brazo como para darme una palmada en el hombro. Me asusté. Instintivamente agarré la cadena con las dos manos y la estiré, usándola para desviarle la mano. El plato se fue al piso con todo y guiso.
“No nena qué hacés. Sos tonta, tiraste todo el guiso. Ahora la gorda no me va a dejar traerte otro plato. No me tengas miedo que no te voy a hacer nada. La gorda me da permiso para mirarte pero nada más. Después la garcho a ella y todos contentos”.
Se fue. Me quedé llorando y mirando la comida desparramada en el piso. Después de un rato la volví a juntar en el plato y me la comí. Fría y sucia.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Estadía en el infierno

Volví. No muy entera ni muy saludable, pero volví. Y muy cambiada. No se puede evitar cambiar después de pasar por algo como lo que yo pasé. Ya no quiero mostrarme, no quiero dar a conocer mi intimidad, no quiero exponerme, ni siquiera quiero salir a la calle. Todavía sufro de un miedo constante. Pero tengo que exteriorizar lo que tengo en la cabeza para que los recuerdos no sigan torturándome, y lo escribo no porque tenga ganas, sino porque me resulta imposible hablarlo.

Perdón si el texto no es claro o tiene incoherencias. No tengo interés en que sea una lectura agradable. Tampoco le voy a agregar fotos ni ilustraciones. No me interesa representar con imágenes estos recuerdos. De hecho, si nadie lo lee realmente no me importa.

La historia empezó el jueves 16 de noviembre. Alguien golpeó la puerta de mi depto diciendo que le habían dejado por error mi factura del gas. Era muy tarde a la noche así que contesté diciendo que la pase por debajo de la puerta. Después me olvidé del tema. Al rato vi que un papel se asomaba por debajo de la puerta. Tiré de él pero algo lo estaba trabando desde afuera. Abrí la puerta para ver qué era. Ese fue mi gran error.

En el pasillo estaba Leonardo, el marido de la acosadora Amalia. Ese nombre todavía me da escalofríos. Me miraba con cara amable, y me dijo algo así como “¿y qué tal estaban esos pepinos?” aludiendo a nuestro encuentro previo en la verdulería. Quise cerrar la puerta, pero él fue rápido y la sostuvo con la mano. Yo hice fuerza para cerrarla, y él hizo más fuerza para abrirla. Hasta que le dio un empujón y la abrió del todo, empujándome a mí también hacia adentro.

Entró al depto. Siempre con esa sonrisa amable, diciéndome que me calmara, que no me iba a hacer nada. Corrí a buscar el teléfono. Él corrió atrás de mí y me aferró el brazo, y me lo apretó hasta que tuve que soltar el teléfono. Hice fuerza para soltar mi brazo y correr hacia la puerta. Por efecto de mi propia fuerza, al soltarme caí al suelo. Él se agachó y me agarró de los tobillos. “No te voy a hacer nada, no te asustes”, me decía muy tranquilo y muy sonriente.

Después de eso los recuerdos se vuelven difusos. Intenté gritar pero alguien me tapó la boca. Había entrado alguien más al departamento (Amalia supongo). Creo que entre los dos me drogaron.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una cama, sola, en una habitación enorme, fría, vacía y sin ventanas que sería mi prisión por los siguientes días. La única luz entraba por un panel translúcido en el techo. Se oían ruidos fuertes, como golpes rítmicos. Parecían ruidos de una fábrica, y se escuchaban muy fuertes y cercanos. Parecían venir de abajo, por lo que supuse que estaba en el piso de arriba de una fábrica. También se escuchaba música de cumbia, tan fuerte que competía con los ruidos de la fábrica.

Al querer levantarme noté que tenía una cadena alrededor de mi cuello, cerrada con un candado. Mi primer impulso fue quitármela. Intenté con todas mis fuerzas pero fue inútil. Vi que el otro extremo de la cadena estaba atada a un gancho en la pared, y también ahí estaba cerrada con otro candado. Estaba atada como un animal del zoológico. ¿Qué clase de hijo de puta ata así a una persona?, pensé. Después supe que esos hijos de puta eran capaces de mucho más.

Tiré de la cadena para ver si se soltaba de la pared, pero no cedía. Intenté de todas las formas posibles, haciendo fuerza con las piernas, con los brazos, usando mi propio peso, pero todo fue igualmente inútil. En ese momento sentí una tremenda angustia que me llegó hasta el estómago.

Hablando de estómago, lo sentía revuelto. Sentí náuseas y al toque vomité varias veces. Tenía que lavarme la boca. Miré alrededor, en un rincón de la habitación había un inodoro y un lavabo. Por suerte la cadena me permitía llegar hasta ahí. Me lavé la cara y me enjuagué la boca, escupiendo el agua porque tenía un color turbio y un gusto asqueroso.

Recorrí con la vista el resto de la habitación. Había una puerta. Quise llegar hasta ella pero el largo de la cadena no me lo permitía.

Contra una pared había una estantería metálica. En los estantes había biblioratos. Me acerqué a ver qué contenían. Tenían facturas y documentos, viejos, arrugados por la humedad. Había un domicilio, decía algo de carpintería de aluminio en San Miguel. ¿Y qué hago con esto?, pensé. Después les encontré utilidad como papel higiénico y para escribir un diario.

Eso era todo. Sentí mucho frío así que me acosté de nuevo y me envolví con la única sábana que había en la cama. Tenía puesta la misma ropa que la noche anterior: un short y una remerita. Estaba descalza y temblando.

En la pared había un reloj que marcaba las 12.

De pronto pararon los ruidos. Debía ser por el horario de almuerzo en la fábrica. Aprovechando el silencio empecé a gritar pidiendo ayuda. Al rato me entusiasmé cuando escuché que se abría la puerta. Pero el entusiasmo me duró poco. Entró Marcos, acompañado de una mujer que debía ser su madre.

“No te gastes en gritar que nadie te escucha” me dijo la mujer. Marcos estaba serio, callado, mirando al suelo. Yo no reaccionaba, no terminaba de entender la situación. “¿Te gusta tu nuevo hogar? No te hagas problema que no vas a estar mucho tiempo acá. Ahora te traemos algo de comer”.

Se fueron y al rato volvió Marcos con un plato de fideos y una botellita de agua mineral. Me seguía esquivando la vista. “Marcos por favor ayudame, no hagas lo mismo que tus viejos”, le dije. Pero dejó las cosas en el suelo y se fué sin mirarme a los ojos en ningún momento.

Los fideos estaban fríos y sin gusto, pero necesitaba alimento así que me los comí hasta el último, y después me tomé toda el agua. Al rato comenzaron de nuevo los ruidos de la fábrica.

Me quedé un rato sentada en la cama, mirando la habitación, tratando de imaginar qué intenciones tendría esta mujer, por qué me habría dicho que no iba a estar mucho tiempo. ¿Pensarían tenerme a modo de castigo y después dejarme libre? Mirando la estantería me pareció ver un lápiz entre los biblioratos. Me acerqué y descubrí que era una birome. Y milagrosamente funcionaba. Saqué todos los papeles que pude de adentro de los biblioratos y los escondí abajo del colchón junto con la birome, con la intención de usarlos para escribir un diario sin que se entere Amalia. Y ver si de esa forma podia mantener la cordura.

Las próximas cosas que publique acá serán las transcripciones de ese diario. No las voy a corregir ni a editar, las voy a copiar tal como las escribí. Espero que esto me ayude a recuperarme, a poder dormir por las noches sin ayuda de pastillas y a dejar de tener pesadillas en las que siento que me asfixio. Logré librarme de esa delincuente psicópata, pero su tortura me dejó secuelas. Ojalá pronto desaparezcan.

 

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