viernes, 9 de marzo de 2018

Empleada modelo (segunda parte)

Loreana hurgó en uno de los cajones de su jefe hasta encontrar un chicle, el cual se llevó a su boca y empezó a masticar.
Fantasía y sexo en la oficina

-Tú y yo haremos un jueguito, ¿qué te parece? -dijo con cara de pícara y sin dejar de mascar.

Sutilmente sacó un lápiz de labios de entre sus pechos y pintó su boca de color rojo intenso. Luego besó a su jefe en toda la cara, dejándole las marcas de sus labios en las mejillas y en la frente.

Con total desconcierto, Carlos sólo gesticulaba y emitía ruidos ininteligibles a causa de la corbata que tenía puesta a modo de mordaza.

Loreana abrió la camisa de su jefe y dejó abundantes marcas de besos en su pecho. Luego se acercó al escritorio y sacó del cajón un pequeño dispositivo con un botón. Con mucha tranquilidad y sabiendo bien lo que hacía, caminó hasta el anaquel en una de las paredes de la oficina y tomó un vaso de vidrio tipo trago largo.

-Te cuento cómo es este juego -explicó con tono de maestra de escuela-. Voy a pegar el control remoto de la alarma en el fondo de este vaso, dejando el botón hacia arriba -mientras explicaba, movía los elementos en el aire para ilustrar la explicación-. Luego voy a oprimir el botón para activar la alarma. Entonces tú te deberás encargar de oprimir nuevamente el botón para desactivarla, antes de que vengan los de seguridad y te encuentren en esta situación bochornosa. Si no me equivoco, creo que tienes un minuto para hacerlo, ¿verdad?

Carlos se encogió de hombros.

-OK, quizás no sea un minuto, tal vez menos -continuó Loreana-. Como sea, es tiempo de sobra para apretar un botón. Pero hay una trampita, ¿te imaginas cuál es?

Su jefe volvió a encogerse de hombros.

-La trampita -siguió diciendo la venezolana- es que para apretar el botón no podrás usar las manos.

Esta vez Carlos frunció el ceño y Loreana soltó una carcajada.

-Creo que ya te estás imaginando con qué deberás desactivar la alarma, así que no hace falta que te lo explique.

Fantasía y sexo en la oficinaCon una mirada perversa, Loreana se arrodilló junto a su jefe y procedió a abrirle el pantalón y liberar a su pene de la ropa interior. Luego se levantó y se acercó nuevamente al escritorio. Se sacó el chicle de la boca y lo usó para adherir el control remoto al fondo del vaso. Por último, tomó un lápiz y se volvió hacia su jefe.

-¿Estamos listos? -miró hacia el pene más bien flácido del hombre. La expresión y la transpiración de Carlos denotaban un gran nerviosismo-. Parece que tu amigo no quiere colaborar. No te preocupes, yo te voy a ayudar un poquito.

Con ayuda del lápiz, Loreana oprimió el botón de la alarma y un fuerte e intermitente pitido comenzó a escucharse en toda la oficina. Luego colocó el vaso de forma tal que cubriera el pene blando de Carlos.

-El tiempo corre y tu amigo no parece querer ayudar. Debes relajarte un poco, aprovecha la situación, diviértete. Déjame ayudarte.

Loreana se colocó detrás de su jefe y comenzó a masajear su cuello, al tiempo que le besaba la oreja. El pene comenzó a ganar volumen.

-¡Muy bien! Parece que tu amigo está empezando a entender cómo es el juego. ¿Qué tal si apresuramos un poco las cosas? No queda mucho tiempo.

Masturbándose en la oficinaLa chica volvió a ponerse delante de su jefe, pero dándole la espalda. Se bajó un poco el pantalón, mostrando su nalgas separadas por una mínima tanga. Luego volteó para verlo de frente y se terminó de bajar el pantalón. Metió la mano en su tanga y comenzó a tocarse, acompañando la acción de su mano con movimientos de su pelvis.

-¡Vamos, demuéstrame cuánto te gusto!

Los ojos de Carlos parecían querer salirse de sus órbitas, al tiempo que su miembro crecía.

De pronto, los pitidos de la alarma cesaron. Loreana abrió su boca en un gesto de asombro y alegría.

-¡Que bien! ¡Lo lograste, te felicito! Te mereces un premio.

Empleada modelo - sexo oral en la oficinaLa venezolana se subió el pantalón y se arrodilló otra vez junto a su jefe. Quitó el vaso que le cubría el pene y en su lugar colocó su boca. Carlos acabó en unos pocos segundos, quedando agotado y transpirado. Su empleada se levantó y procedió a liberarlo de sus ataduras.

-Siempre encontrás la forma de sorprenderme -dijo Carlos, serenando su respiración y restregándose las muñecas, enrojecidas por la presión del cinto.

Loreana sonrió mientras caminaba hasta el escritorio y abría un cajón.

-¿No recuerda lo que le dije cuando me entrevistó para este trabajo? Le dije que para encontrar motivación, necesitaba desafíos que pusieran a prueba mi creatividad -mientras decía esto, tomaba un sobre del cajón y observaba con una gran sonrisa el fajo de billetes en su interior-. Sorprenderlo es siempre un desafío para mí, y esta recompensa me da la motivación que necesito.

Carlos rió.

-Me pregunto qué sorpresa tendrás preparada para mañana.

-No lo sabrá. Si se entera, no será sorpresa.

Loreana guardó el sobre con los billetes entre sus pechos y besó a su jefe en la frente, antes de retirarse de la oficina caminando con la elegancia de una modelo de pasarela.



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