martes, 20 de febrero de 2018

Empleada modelo (primera parte)

Empecé con un nuevo relato pero no sé cómo seguirlo. Escucho sugerencias...


Empleada modeloLoreana era la primera en llegar a la oficina y la última en irse. Era la que encendía las luces por la mañana, la que levantaba las cortinas y la que encendía la máquina de café. Cuando llegaba el jefe (a eso de las 9:15, 9:30) ella ya estaba de uniforme, ya le había servido el café tal como él lo quería y lo había dejado en su escritorio, junto con el diario. Y a diferencia del resto de los empleados, que perdían la primera media hora de la jornada charlando junto a la máquina de café, ella se apresuraba a sentarse frente a su PC para comenzar con sus tareas.

Loreana era joven y linda; bajita, pero con un cuerpo bien proporcionado. Sus rasgos y sus modos denunciaban su origen centroamericano. A pesar de su simpatía y su amabilidad, ninguno de sus compañeros congeniaba mucho con ella. Seguramente la discriminaban por extranjera, y por la gran dedicación que le ponía a su trabajo.

Ella hacía ese esfuerzo por una razón. Había llegado de Venezuela dos meses atrás, sin dinero ni nada de valor, y no podía darse el lujo de perder el trabajo. Sus compañeras y compañeros no hacían entre todos ni una parte del trabajo que hacía Loreana, y aún así no los despedían. Pero a ella no le importaba; no achicaba su empeño ni un ápice.

El jefe llegaba saludando con un “buendía” distraído. Se sentaba en su sillón, tomaba su café y leía el diario. Todo con mucha tranquilidad. Loreana nunca recibía un “gracias” ni ningún reconocimiento por las atenciones que tenía con su jefe, aun cuando iban más allá de sus obligaciones.

Al llegar las seis de la tarde, todos los empleados desaparecían como por arte de magia. Todos, menos Loreana. Y el jefe. Él siempre tenía algún pedido de última hora, y ella esperaba obedientemente para cumplirlo.

Aquella tarde no fue la excepción.

A las seis menos cinco todos estaban guardando sus cosas, apagando sus computadoras y contándose mutuamente lo que planeaban hacer al salir de la oficina. Todos, menos Loreana. Su teléfono sonó.

-Lore, ¿tenés lista la liquidación de ganancias para el contador? Mañana viene a buscarla a primera hora.
-Si señor Carlos, la tengo -contestó Loreana con su voz aflautada y su acento venezolano.
-Traemela, quiero revisarla antes de dársela al contador.
-Ya se la llevo.

Loreana imprimió unas hojas, las encarpetó y las llevó a la oficina de su jefe, todo eso en menos de tres minutos. Las dejó en su escritorio y él las empezó a hojear, sin agradecer ni con un gesto. Loreana caminó hacia la puerta, pero en lugar de salir, la cerró con llave. Carlos levantó la vista, algo intrigado.

La venezolana volvió caminando a paso lento hasta el escritorio de su jefe y se agachó un poco, apoyando los nudillos en la mesa. Lo miró a los ojos. Él mantuvo la mirada, dejando la carpeta en la mesa, ansioso por descubrir cuál sería el siguiente movimiento de su empleada. Ella inmediatamente arrojó la carpeta al suelo con un rápido movimiento y agarró a su jefe de la corbata, tirando de ella con fuerza. Antes de que Carlos pudiera reaccionar, Loreana ya había dado la vuelta al escritorio y se había colocado a espaldas de su jefe, siempre tirando con fuerza de la corbata.

-¿Que hacés Loreana? ¡Me estás ahorcando!
-Señora Loreana para ti, Carlos -dijo la empleada con voz autoritaria y más grave de lo habitual, mientras apretaba el nudo de la corbata de su jefe.

Carlos intentó liberar su cuello, pero la venezolana le pegó con fuerza en la mano.

-¡Deja las manos quietas si no quieres que te asfixie! -gritó. El hombre levantó las manos como si lo estuvieran apuntando con un revólver. -Asi está mejor -continuó con una sonrisa perversa. Luego pasó los brazos alrededor de la cintura de su jefe y, en cuestión de segundos, desabrochó la hebilla de su cinturón y lo quitó de un tirón.

Aprovechando que Carlos tenía las manos en el aire, Loreana las agarró y se las llevó a la espalda, atando las muñecas con el cinto. Luego le aflojó la corbata, pero antes de que él pudiera decir o gritar algo, se la colocó en la boca como mordaza.

Con su jefe atado y amordazado, Loreana se relajó. Tiró del sillón de su jefe hacia atrás. Caminando con lentitud rodeó el sillón y se sentó en el escritorio, enfrentando a su jefe. Se abrió los primeros botones de la blusa y sacudió la tela como para ventilarse.

-Uf, qué calor me vino, ¿a tí no?



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