jueves, 16 de noviembre de 2017

Encuentro cercano

Siguiendo las órdenes de la señora Amalia, tuve que repetir varias veces el “show” de masturbación a la hora de la cena. Las últimas veces lo hice sin que me importara demasiado; hacía mi actuación, acababa y a otra cosa. La última vez ni siquiera tuve necesidad de fingir el orgasmo, ya que éste vino solito.

Ahora la señora me dio una nueva orden: dar un paso más en la tarea de provocar a su marido. No sé qué espera lograr con esto, señora, pero le aclaro que esta es la última orden suya que acepto. Después de esto, mi obligación se termina.

En la pantalla de mi teléfono aparecen las instrucciones:


Me visto rápidamente con una calza ajustada y una remera corta (siempre siguiendo las órdenes de la señora) y bajo rápidamente a la verdulería. Una vez allí, me pongo a revisar la batea de los pepinos y agarro un par de grandes ejemplares. Y espero.

La verdulera se me arrima y me pregunta: “¿va a llevar algo más?”
Verdulera con pepino

Me hago la boluda, le digo que no sé, que estoy pensando. La verdulera se impacienta; por suerte para mí, hay otros clientes. Le digo muy amablemente que no se preocupe por mí, que atienda a los demás. Mientras sigo con los pepinos en la mano. Esperando.

Hasta que al fin aparece la persona con quien me debía encontrar. La señora Amalia describió a su marido como un tipo panzón, de más o menos cincuenta años. El que acaba de entrar en la verdulería responde a esa descripción, y además está sin afeitar, con el pelo enrulado, grasoso y desprolijo. Viste bermudas, remera negra desteñida y alpargatas. Seguro que es él. Se pone a examinar la mercadería, hasta que detecta mi presencia y se sobresalta.

Sabiendo que me está mirando, exagero mi actuación: observo detenidamente a uno y a otro pepino, comparando el largo y el grosor de cada uno. El gordo grasoso se queda embelesado mirando cómo los examino. Imagino que eso le trae recuerdos...
Chica probando un pepino

Entonces hago contacto visual. Con una sonrisa ingenua, le pregunto: “¿pasa algo?”

Él se pone nervioso. Pone una sonrisa pavota y empieza a balbucear una respuesta. “No, qué va a pasar… nada, disculpame… me quedé mirandote por que… no sé, te veo cara conocida. ¿Vos sos de por acá, no?”

Dale, hacete el boludo, como si no supieras...

“Sí, vivo acá a la vuelta”

Como él no dice nada más, le muestro otra sonrisa simpática, me doy la vuelta y cambio uno de los dos pepinos por uno más grande que saco de la batea. Llamo a la verdulera para que me cobre. El tipo sigue mirándome y no atina a decir nada.

Pago la compra, saludo, y empiezo a irme. El tipo, viendo que se le escapa su oportunidad, corre para alcanzarme.

-Esperame, no me diste tiempo a presentarme. Soy Leonardo.
-Fátima.
-Un gusto -me da una mano transpirada-. Parece que te gustan los pepinos, ¿no? Jajaja.

Esta vez lo miro sin sonrisa, incluso con algún gesto de fastidio.

-Mirá Fátima, yo vivo acá enfrente, en el 838, quinto piso C. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en venir y tocarme el timbre. No hay problema, ¿eh?
-Gracias, muy amable. Bueno, nos vemos.

Listo, terminó mi actuación. Ya hice lo que tenía que hacer. Me alejo caminando sin mirar atrás. Casi puedo sentir la mirada del gordo en mi culo. No me importa, sólo quiero alejarme de ese pajero, meterme en mi depto y no volver a salir por el resto del día.

Señora Amalia, espero que respete nuestro acuerdo. Aquí terminó mi obligación.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

YO VOY A DECIR CUANDO TERMINAN TUS OBLIGACIONES ZORRITA ACORDATE QUE SOY TU DUEÑA
EL GORDO TE INVITO A VENIR A CASA ASIQUE VAS TENER QUE VENIR
ESPERA MIS ORDENES

Alberto Torres dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Antonio dijo...

Que decir.... la senora (??) Amalia es una mujer totalmente indecente, pero lo peor que tiene es que es una madre, asì se entiende todo, porquè el hijo quiere escapar de su casa. Esperamos alguien pueda salvar este chico desde una mujer totalmente loca. Alguien intervenga pronto.

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