sábado, 7 de octubre de 2017

Relato salvaje

El timbre del depto de Anto suena a las 7:05. La cortina está baja, así que en cuanto apagamos las luces, el ambiente queda completamente a oscuras.

-¿Quién es? -pregunta la dueña de casa acercándose a la puerta.
-Rafa.

Anto abre la puerta y Rafael mira hacia dentro, poniendo los ojos chiquitos para tratar de ver en la oscuridad.

-Adelante -dice Antonella, cerrando la puerta detrás del invitado-. Te espera la doctora Braun.

Encendiendo velasUbicada en el otro extremo del departamento, enciendo una vela. Rafael se sorprende al verme y sonríe. Estoy vestida con el traje de doctora un poco sucio (a propósito), con un estetoscopio colgando de mi cuello, como el que usan todos los médicos, y mis anteojos para descansar la vista; no me hacen falta, pero le dan un toque de seriedad al look. Antonella se sienta en una silla para escuchar el espectáculo. Se la nota contenta.

-Buenas tardes, soy la doctora Katja Braun -me presento, reforzando las “r” para imitar un acento alemán, y haciendo fuerza para mantenerme seria-. Pase por favor, venga para acá. Disculpe que no tengamos luz, parece que hemos tenido un corte de energía.

Enciendo otras velas distribuidas por el depto para iluminar el ambiente. Rafael camina dubitativo hasta el centro del departamento y yo me le acerco llevando la vela en la mano. Lo examino de pies a cabeza, sin hacer ningún comentario. Es un tipo cuarentón, flaco, medio pelado, vestido con un traje un poco gastado. No conozco su vida personal, pero me imagino que es un oficinista, casado, con hijos, entregado a la rutina y desesperado por encontrar una vía de escape para sus perversiones ocultas. Digamos, ansioso por encontrar algo que lo haga sentir que todavía está vivo.

-Desnúdese, por favor -le ordeno después de un rato.
-¿Así nomás, tan rápido? -dice el hombre.

Sin contestar, me doy vuelta y me acerco a la mesa en donde están todos los elementos “de trabajo”. Dejo la vela en un candelero y tomo un cinturón; lo estiro en el aire agarrándolo con las dos manos y vuelvo a acercarme a Rafa.

-Vamos a aclarar un par de cosas -le digo, tensando el cinto a modo de amenaza-. Primero: usted no cuestiona mis órdenes. Segundo: usted se refiere a mí como “doctora Braun”. ¿Entiende?
-Si.
-¿Sí qué?
-Sí doctora Braun.
-Así está mejor. Ahora, ¡desnúdese! -acompaño la orden con un golpe de cinto en el piso. Escucho que Anto deja escapar una risita. La miro enojada, pero claro, ella no me ve…

Rafael empieza a quitarse la ropa mientras yo lo miro atentamente. Está serio. No estoy segura si está disfrutando o no de la situación, pero eso es lo complicado de estos juegos… hay mucha ambigüedad entre lo que se disfruta y lo que desagrada.

Se queda en calzoncillos. Me mira dudoso.

-¿El calzoncillo también, doctora?
-Le dije que se desndue, ¿no?
-Sí doctora Braun.
-Entonces hágalo.

Rafa deja caer su calzoncillo en el suelo. Intenta taparse sus partes con las manos. Está notablemente avergonzado, pero según lo que le contó a Anto, él desea la humillación, así que tengo que suponer que la está pasando bien.

-Quítese las manos de ahí -le ordeno señalando a su entrepierna, y como buen sumiso, Rafael obedece.

Me agacho para examinar sus genitales. Miro por encima de los anteojos y pongo cara de asco. Luego me paro de nuevo y empiezo a caminar a su alrededor, despacio, seria, mirándolo detenidamente, sin decir una palabra. Noto que empieza a temblar.

-¿Tiene frío?
-No doctora Braun.
-¿Entonces por qué tiembla?
-Discúlpeme doctora, es que estoy un poco nervioso.

Me pongo frente a él y lo miro a los ojos.

-¿Me tiene miedo?
-Sí doctora Braun, un poco.

Tuerzo la boca en una sonrisa sádica y sigo caminando a su alrededor. Cuando estoy a sus espaldas, decido que es el momento del primer chirlo. Le pego en una nalga con el cinto.

-¡Aaaayyyy! -pega un grito Rafael. Fue un golpe suave para empezar, pero más que por el dolor, creo que gritó por la sorpresa. No se lo esperaba. Al escuchar su grito, siento una rara sensación de hormigueo en mi interior.
-Eso fue por cobarde. No debe tenerme miedo, no le voy a hacer daño.
-No doctora.

La miro disimuladamente a Antonella. Noto que está como loca de contenta, pero haciendo un terrible esfuerzo por mantenerse en silencio.

-Bien. Acuéstese en la cama boca abajo.
-Sí doctora.

Rafa se sube a la cama y se acuesta como se lo ordené.

-Los brazos estirados hacia los costados, en cruz. La cara contra el colchón.
-Sí doctora -contesta con voz ahogada.

Dejo el cinto en la cama y voy hasta la mesa para agarrar nuevamente la vela encendida. Me arrodillo cerca de Rafa y dejo caer un poco de cera derretida en su espalda. Su cuerpo se estremece y emite un grito silenciado por el colchón.

-Disculpeme, con el corte de luz no queda otra que usar la vela -ni bien termino de hablar, dejo caer otras gotas de cera, también en la espalda, pero más cerca de la cintura. Se intensifican los gritos mudos y los estremecimientos.

Dejo pasar unos instantes de suspenso. Rafael no puede con su curiosidad y levanta la cabeza para mirar.

-¿Qué hace? ¿Acaso le dije que mirara?

Rafael vuelve inmediatamente a hundir la cara en el colchón.

-No doctora, discúlpeme por favor.
-Es “doctora Braun” y no, no lo disculpo -agarro rápidamente el cinturón y le doy un latigazo bien fuerte en una nalga. Desde adentro del colchón se escapa un alarido.
-Tiene razón doctora Braun, me lo merezco.
-Por supuesto que se lo merece. No vuelva a hacer algo sin que yo se lo diga.
-Claro que no, doctora Braun.
-Muy bien -dicho esto, le doy otro latigazo, no tan fuerte como el anterior-. Eso es para que no lo olvide.

Me tapo la boca para silenciar mi risa y veo que Anto hace lo mismo.

Me acerco al culo de Rafa y dejo caer unas gotas de cera en sus nalgas. Esta vez dejo la vela inclinada para que las gotas sigan cayendo, y la muevo en círculos para decorar con pintitas de cera toda el área. Mientras mi sumiso gime y se estremece, yo la estoy pasando de maravilla. Pero llega un momento en que la capa de cera reduce su sensibilidad, así que es momento de pasar a otra cosa. La invito a participar a la dueña de casa, dejándole mi lugar en la cama.

Mujer dominando hombre-Antonella, por favor, puede proceder a limpiar la cera del paciente.
-Por supuesto doctora.

Antonella se sube a la cama y al tanteo va retirando la cera de la piel de Rafael, a la vez que va aplicando una crema para el cuerpo y le va haciendo masajes. Yo me quedo parada a un lado esperando pacientemente a que termine, apreciando cómo el hombre gime de placer. Entre las cosas que leí acerca de este asunto de la dominación y sumisión, es que los castigos no tienen la finalidad de lastimar al sumiso, ni hacerlo sufrir por puro sadismo, sino prepararlo para que luego sienta más placer cuando se le hagan cosas gratificantes. A juzgar por los ruidos que hace el hombre, en este caso está funcionando. Y con Anto estamos jugando al “policía malo, policía bueno” (yo soy la mala, Anto la buena).

Pero todo lo bueno termina en algún momento, así que poniendo mi voz grave de sargento, le ordeno a mi “asistente” que termine con los placeres, que es mi turno de aplicar más castigos.

-Señor Rafael, póngase en cuatro patas como un perrito, mirando hacia mí.
-Sí doctora Braun -responde obediente.
-Ahora observe bien.

Me quito el pantalón y la bombacha, y sostengo ésta con la punta de mis dedos, bien cerca de su cara.

-Para el siguiente procedimiento será necesario que lo amordace con esto.

El rostro del hombre se ilumina.

-Como usted ordene, doctora Braun.
-Así me gusta. Abra la boca.

Enrosco la bombacha para usarla a modo de mordaza, la calzo en la boca de Rafael y la ajusto con un nudo en su nuca.

-Lo eximo de hablar mientras dure esta parte del tratamiento.
-Ahá -es todo lo que puede decir con mi tanga metida hasta el fondo en su boca.

Lentamente camino hacia la mesa de las “herramientas”. Agarro una vela artesanal, pequeña, pero con la base más gruesa que la punta, y me acerco nuevamente a la cara de Rafa, para que vea bien de cerca la vela mientras le explico lo que planeo hacer con ella.

-Voy a tener que usar este elemento a mo
do de supositorio.

Sus ojos se abren a más no poder. Intenta decir algo pero, obviamente, no se le entiende. Me subo a la cama y, caminando con las rodillas, me coloco detrás de él y le abro las piernas.

-Procure relajar el esfínter.

Dicho esto, comienzo a insertar la vela en su ano, lentamente, empujando para que con el esfinter sienta cómo el grosor del “supositorio” va en aumento. Rafa emite un quejido leve al principio, pero que aumenta de intensidad a medida que la vela va penetrando más y más. Ese quejido me excita al punto de hacerme temblar, por lo que la llamo a Anto para que termine la tarea. Siento deseos de tocarme, pero me aguanto para no salirme de mi papel de doctora sádica.

La vela está metida casi del todo, y el quejido de Rafa deja paso a un jadeo acelerado. El pobre hombre está respirando con irregularidad, y temblando como un perrito mojado.

-Ahora acuéstese boca arriba -ordeno.

Moviéndose con dificultad (imagino que la vela en su interior le complica los movimientos), se da vuelta y, apoyando el culo con máxima suavidad y lentitud, se acuesta como le ordené.

-Los brazos estirados en cruz, las piernas abiertas.

Observo que su pene está rígido como un mástil. Me acerco a la mesa y empiezo a buscar entre las herramientas, hasta que encuentro las banditas elásticas. Tomo tres y las estiro en mis dedos, para mostrárselas al sumiso.

-¿Sabe qué voy a hacer con esto?

Rafael contesta que no con la cabeza.

-No importa, ya se dará cuenta.

Me acerco a sus genitales y paso las banditas elásticas por su pene y las arrastró hacia abajo, hasta llegar a la base de su escroto, de forma tal que sus testículos queden bien aprisionados. En el camino las banditas arrancan unos cuantos pelos; pienso que le convendría haberse depilado esa zona...

Los quejidos de Rafael se tornan raros; pienso si no querrá que termine con la tortura. Me da mucha impresión hacerle estas cosas, pero Anto me dijo que le había explicado todo lo que le planeábamos hacer y él había dado su consentimiento, así que no debo preocuparme. Aún así, me da impresión. Y todavía falta lo peor…

Vuelvo a la mesa de herramientas y agarro unas sogas y un par de broches de colgar la ropa. Le entrego los broches a Anto.

-Antonella, encarguese de los broches mientras yo procedo a atar al paciente.

Mi “asistente” se acerca al pecho de Rafael y coloca los broches en sus pezones, mientras yo ato sus muñecas y tobillos a la cama. El hombre se retuerce a la vez que grita cosas inentendibles y respira muy agitado. Preocupada, le pregunto al oído a Anto si está segura de seguir. Con gestos me da a entender que sí… espero que sepa lo que hace.

-Antonella, prepárese para la fase final.

Para el gran final, le doy tiempo a Anto para que se acerque a la entrepierna de Rafael y empiece a lamerlo. Luego, lentamente, me siento en la cara del pobre tipo, apoyando mis rodillas a ambos lados de su cabeza, de forma tal que su nariz entre en mi vagina y con mi culo tape su boca. Apoyo todo mi peso en su cara unos segundos y después me levanto un poco para que respire. Me siento y me levanto varias veces, ahogándolo en cada sentada por apenas unos segundos. Con cada movimiento, su nariz estimula mi clítoris. Aumento el ritmo de levantadas y sentadas. Rafael emite gritos desesperados, pero ya ni lo escucho. Sólo quiero que el roce entre su nariz y mi vagina me haga explotar. Me arranco el guardapolvo para liberar mi cuerpo y acariciarme. Sigo cabalgando frenéticamente sobre la cabeza de Rafael, sin pensar en nada, hasta que el orgasmo me hace soltar un alarido salvaje. Por un instante flasheo viéndome a mí misma como una guerrera hundiendo una gigantesca espada en el corazón de un dragón.

Me dejo caer rendida, con el guardapolvo abierto, al costado del hombre, intentando serenarme. Mi cuerpo sigue tembloroso. Anto sigue chupando el miembro de Rafael, pero él está quieto. No lo escucho gemir ni emitir sonido alguno. Miro su cara y su pecho. Creo que no respira.

-¡Anto! ¡¡Pará, Anto!! ¡No respira!
-¿Qué? ¿Cómo que no respira?

Sin dudar ni un instante, Antonella se acerca al pecho del hombre y le pega la oreja.

-¡Alcanzame el estetoscopio!
-¿El qué?
-¡El estetoscopio, tarada, dale, rápido!

Cierto, el estetoscopio. Menos mal que compré uno de verdad y no uno de juguete. Pero… ¿adónde fue a parar? Debe haber salido volando cuando me arranqué el guardapolvo. Lo empiezo a buscar en el suelo, al costado de la cama.

-¡Apurate boluda!

Lo encuentro por fin. Hecha un manojo de nervios se lo alcanzo a Anto. Se lo pone en los oídos y empieza a escuchar el pecho de Rafael, con cara de preocupación.

-¿Y? ¿Está…?
-¡Shhh! ¡Dejame escuchar!
-Perdón.

Después de unos eternos segundos durante los que ni siquiera respiré, Anto deja de auscultar al hombre y se saca el estetoscopio.

-Está bien. Nada más se desmayó -respiro aliviada-. Vamos a reanimarlo, andá traeme una botella de lavandina, abajo de la cocina, y un paquete de algodón del baño.

Sin poder dejar de temblar y a punto de llorar, sigo las órdenes de Antonella. Le entrego lo que me pidió. Ella humedece el algodón con lavandina y lo acerca a la nariz de Rafael, quien reacciona enseguida al fuerte olor y comienza a mover la cabeza. Otra vez respiro aliviada.

Ahí parada como una estúpida, sin saber qué hacer, miro cómo Rafael comienza de a poco a volver en sí.

Busco mi ropa, me visto, y salgo rápido del departamento sin saludar, sin mirar atrás, llorando a mares. Tengo mucho para contarle a la psicóloga.



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