jueves, 9 de marzo de 2017

Tarde de chicas

Sueños eróticosNo veo nada, estoy en la oscuridad absoluta. Desnuda. Siento manos que me acarician todo el cuerpo. No sé cuántas, pero son muchas. Ahora siento lenguas humedeciendo mis pezones. Algo se mete por mi vagina. Es algo blando que se mueve. Es también una lengua. Se mueve con maestría. Conoce mis lugares más sensibles y los aprieta. Otras lenguas juegan en mis oídos, me lamen el culo, me cubren toda de saliva. Ahora siento que me penetra algo duro. Es el pene de Federico. Estoy segura, por que se mueve como se movía él. Otro pene se mete entre mis nalgas. Otro toca mis labios. Abro la boca y dejo que entre. Las lenguas siguen llenándome de saliva los oídos y los pechos. Una voz me susurra al oído. “Fátima”. Es la voz de Antonella.

Abro los ojos. Estoy sola en la cama. Vestida, con el cuerpo crispado y contorsionado. Me froto rápidamente la vulva, antes de que desaparezcan de mi mente las imágenes de ese sueño erótico, y en cuestión de segundos exploto en un orgasmo que me hace pegar un grito salvaje que no alcanzo a acallar.

Mientras me recupero y termino de despertar, me pregunto por qué apareció Antonella en el clímax de mi sueño. Suena mi teléfono.



-¿Hola?
-¿Fátima? ¿Estás bien? Me pareció que gritabas.
-¡Antonella! Sí, no te preocupes, no pasa nada. Estaba…
-Ah. Uy… ¡perdón! No sabía que estabas ocupada, disculpame…
-No, no, no, para nada, no estaba ocupada. Es más, estaba pensando en llamarte. Decime, ¿estás ocupada?
-No, ¿por?
-Nada, te quería preguntar, acá tengo una torta de ricota que si la guardo más tiempo se va a poner fea. ¿Querés que te la lleve así no se desperdicia?
-Mucho no me gusta la ricota, pero si querés usarla como excusa para venir a visitarme, me parece bien. Traela, yo voy poniendo la pava para el mate.

Esta mina parece que leyera mis pensamientos.

-Dale, voy para allá.

Doy la media vuelta manzana hasta el edificio de Anto y subo hasta el quinto. Esta vez no me agito tanto como la vez anterior, ya que la ansiedad no es la misma.

-Pasá Fátima.

Entro y la saludo con un beso. Aunque sé que no necesita mi ayuda le pregunto dónde están el mate y la yerba, para hacerme cargo de la preparación.


Una vez inaugurado el mate y cortada la torta en porciones, comenzamos a hablar de todo un poco. Los comercios del barrio, los porteros de nuestros respectivos edificios, los hombres, el instalador del cable. Finalmente me animo a hacerle una pregunta que tuve en mente desde que me dí cuenta de que era ciega.

-¿Sos ciega de nacimiento? ¿O perdiste la vista?
-Estaba preguntándome cuánto tardarías en hacerme esa pregunta.
-Me imagino. Te la debe hacer todo el mundo, ¿no?
-Sí. Cuando alguien recién me conoce, tarde o temprano me lo pregunta. No tengo problema en que me lo pregunten. Soy ciega de nacimiento. Y ya me veo venir la siguiente pregunta.
-¿A ver?
-Por qué me dedico a la prostitución. Era esa, ¿no?
-Adivinaste.

Es verdad que adivinó, pero yo creo que ella tenía ganas de contármelo de todas maneras.

-Yo maduré muy rápido. Me salté etapas. Mi debut sexual fue a los 12 años. Y no fui víctima de abuso ni nada por el estilo. Yo quería desesperadamente perder la virginidad. Y desde que la perdí, no paré. Quizás soy ninfómana o adicta al sexo, qué sé yo. Prefiero decir simplemente que me gusta mucho cojer.

Las dos soltamos unas carcajadas. Luego me sigue contando.

-De grande, cuando estaba estudiando en la facultad, descubrí que podía lucrar con mi afición por el sexo. Dada mi condición, sabía que insertarme en el mercado laboral no sería fácil, así que la prostitución era una opción válida, si la ejercía con inteligencia. Y así lo hice.

Hace una pausa para tomar mate y comer un pedazo de torta.

-No está tan mal esta torta de ricota -dice con la boca llena-. Te decía, descubrí que mi ceguera era un valor agregado para mi actividad, por la sensibilidad que tengo para detectar las particularidades de mis clientes y satisfacerlos como sólo yo puedo hacerlo.
-Bueno, dejame contarte algo. Desde que te ví por primera vez haciendo lo tuyo, me dió curiosidad por experimentar vendándome los ojos, y me di cuenta de que las sensaciones son mucho más intensas.
-Claro que sí. Yo podría enseñarte a que sean más intensas todavía.
-Dale, ¡quiero!
-Bueno, fíjate en un cajón de la cómoda, ahí hay una pañoleta. Agarrala y vendate los ojos.
-Ah, vos decís… ¿ahora?
-¡Y claro! ¿Para qué esperar?

Busco la pañoleta tal como me lo dijo y me la ato en la cabeza, cubriéndome los ojos.

-Ahora estamos iguales.
-Bien. Vení, acércate.
-Espera que soy nueva en esto, tengo que andar al tanteo.
-Bienvenida a mi mundo. Vas a tener que aprender a “ver” con el tacto y con el oído.

Me siento en la silla donde estaba antes.

-Bueno, acércate un cachito y tocame la cara.

Arrimo un poco la silla y empiezo a buscar su cara con la mano. Finalmente encuentro su cara con un movimiento un poco brusco.

-¡Despacio! -me reta.
-Sí, sí, sí, perdón.
-Tocame la boca. Decime si estoy contenta o triste.
-A ver… estás… ¡contenta!
-Si. ¿Y ahora?
-A ver, triste de este lado… pero de este, contenta.
-Muy bien. Vamos con algo más difícil. Ya sabés cómo es mirar con los dedos, ahora vas a mirar con el oído. Acerca un oído a mi cara. Pero sin que toque. Eso. Ahora decime si estoy respirando por la nariz o por la boca.
-Está más difícil… creo que por la nariz. ¿Acerté?
-Si, muy bien. ¿Y ahora?
-Ahora por la… no, seguís respirando por la nariz. No, pará, ahora cambiaste a la boca…
-Si, eso. ¿viste qué rápido se aprende?
-¡Si! ahora ya me cebé. Vamos con alguno más difícil.
-OK… a ver… dame tu mano. Dejala flojita.

Me agarra la mano y la lleva hasta que mis dedos tocan algo.

-Qué estás tocando?
-Pelo.
-Si. Muy bien.

Ahora me la lleva hasta sentir algo húmedo y en seguida la retira.

-Que tocaste?
-No sé… ¿la lengua?
-Correcto! Ahora esperá un cachito.
-OK.

La escucho moverse. No sé qué estará haciendo, pero me doy cuenta de que lo hace sin hacer ruido para que no me dé cuenta.

-¡Sin espiar, eh! ¡Mirá que me doy cuenta!
-No, si ya lo sé...
-Listo. Dame la mano otra vez.

Dejo que mi mano sea guiada hasta un nuevo desafío. Finalmente toco algo… es piel… blanda… con algo como… ah, ya lo sé.

-¡Ombligo!
-¡Si! ¡Correcto! Pero no vale tantear ni acariciar, lo tenés que descubrir al primer contacto.
-Bueno, dale. Siguiente prueba.

Mis dedos llegan hasta algo rugoso y blando, pero Antonella me quita la mano antes de que descubra qué es.

-Pará, dejame tocar más tiempo...
-Te dije que lo tenías que averiguar al primer contacto. Bueno, te doy otra oportunidad.

Mis dedos vuelven al lugar que antes habían tocado, pero lo que era blando ahora está endurecido.

-¿Un... pezón?
-Si, ¡excelente!
-¿Estas desnuda?
-No sé, vos lo vas a tener que averiguar.

Extiendo mis brazos para tantear su cuerpo, pero ella los frena en el aire.

-Con las manos no. Ahora vas a tener que aprender a ver con otra cosa.
-¿Con qué?
-Sacá la lengua.

Su orden me sorprende y me rio un poco, pero le hago caso. Sus manos agarran mi cara. Algo toca mi lengua.

-¿Otra vez el pezón?
-Sí, ¿pero cuál?
-Ah, qué se yo…
-Muy mal, así no vas a aprobar. Bueno, lengua afuera, que sigue la clase.

Otra vez saco la lengua. Sus manos tantean de nuevo mi cara. De pronto sus nalgas se apoyan en mi cara, y mi lengua entra inevitablemente entre ellas. Me tiento de risa, alejando mi cara de su culo.

-¡Qué hacés, boluda!
-Necesitabas distenderte un poco…
-Está bien. Bueno ahora yo te voy a tomar examen.
-¿Qué? ¿Vas a desafiar a tu maestra?
-Si, quiero ver si realmente sabe lo que enseña.
-Está bien, pero voy a aprovechar para enseñarte otra forma de ver: con el olfato. Sácate la venda y acerca lo que quieras a mi nariz.

Al liberar mis ojos noto que efectivamente ella está desnuda. Pienso un poco. Finalmente levanto un brazo y acerco mi axila a su nariz.

-Impulse. No sé exactamente qué fragancia es, pero seguro usás desodorante Impulse.

Tiene razón la guacha.

-Bien, adivinaste. A ver ahora si descubrís esta.

Pienso un poco en alguna forma de sorprenderla. Voy hasta la heladera (tratando de no hacer ruido) y saco un hielo del freezer.

-No sé qué estás haciendo, pero me mata la intriga -dice.

Hielo sobre un pezónCalladita, me arrodillo frente a ella y toco su pezón con un hielo. Pega un grito y se echa un poco para atrás, para distanciarse del hielo. Logré sorprenderla, por fin.

-¡Loca! ¡Qué hacés!
-No te lo esperabas, ¿eh?
-No, se suponía que me ibas a dar algo para oler...
-Querés oler algo… OK.

Me quito toda la ropa tratando de no hacer ruido, aunque sé que es inútil tratar de engañarla. Acerco mi entrepierna desnuda a su nariz. Ella se ríe.

-Reconozco bien ese olor. Cuando viniste el otro día lo sentí por primera vez.

A pesar de que adivinó, sigo parada frente a su cara, con mi pubis casi tocando su nariz.

-¿Y? ¿No hay más desafíos?
-No, ahora quiero que me veas con la lengua.

Con una sonrisa, extiende su lengua, mientras muevo mi pelvis hacia su cara para que llegue hasta mis labios vaginales. Su lengua empieza a jugar con ellos y yo me empiezo a excitar.


Aferro su cabeza y la aprieto contra mí, para que su lengua se meta más adentro. Cierro los ojos para recordar la vez pasada… su lengua se mueve en mi interior igual que como lo hacía en aquella ocasión. De pronto se detiene y se echa para atrás.

-Vamos a la cama -me dice.

Estamos las dos desnudas, abrazadas, besándonos. Su manos recorren mi cuerpo como si me mirara con los dedos. Nunca había sentido caricias como estas. Obviamente, ningún hombre es capaz de acariciar así, y probablemente tampoco ninguna mujer que no sea ciega. Quiero que de ahora en adelante el sexo sea siempre así. ¿Me habré vuelto lesbiana?

-Qué lástima que no traje mi consolador -le susurro entre gemidos.
-¿Querés un consolador? Meté la mano abajo de la cama y sacá una caja. Tengo de todos los tamaños y formas.

Detenemos la acción por un momento mientras busco debajo de su cama. Saco la caja; es como un sex-shop en miniatura. Revuelvo hasta sacar uno que me impresiona por la forma curva y semi-rígida.

-¿Cuál sacaste? A ver, dámelo. Ah, el “deforme”. Vení, acostate y relajate. Creo que este te va a gustar.

Me agarra de un muslo para que abra mis piernas, cosa que hago dócilmente. Tantea hasta encontrar mi entrepierna y va deslizando el consolador con suavidad entre mis labios. Dejo escapar un gemido ahogado.


La antinatural forma de ese consolador va tocando lugares de mi interior a los que un pene normal nunca llegaría. Antonella lo mueve en círculos mientras me besa la boca y acaricia mis pechos. La abrazo con todas mis fuerzas a la vez que empiezo a estremecerme. Mis gemidos se van transformando en gritos.

Sexo lésbicoMuevo mi pelvis para ayudar al movimiento del juguete. De pronto ella se queda quieta. Mantiene el consolador apretado en mi interior, pero sin moverlo. Sé lo que pretende; sabe que estoy al borde del clímax, y quiere dejar que sea mi cuerpo el que fabrique ese orgasmo, que lo haga sin ayuda, para que sea más lento y duradero. Me gusta la idea, así que yo también me quedo quieta, con los ojos cerrados, sin mover un músculo, pero respirando por la boca agitadamente, con mis manos aferradas a los hombros de Antonella y mi atención puesta en los puntos de mi vagina que están siendo estimulados por el artefacto. Desde esos puntos se empieza a gestar un temblor que rápidamente se esparce por todo mi cuerpo, llegando a cada rincón, a cada órgano, a cada célula de mi piel.

Me siento presa de un clímax que parece quedarse suspendido en el aire durante un instante eterno. Mi boca empieza a abrirse y en ella se va formando un gemido que arranca como un susurro ronco, y de a poco va cobrando volumen hasta culminar como un alarido. Abro los ojos y noto su cara de excitación, con su oído atento a mis sonidos.

Aunque quisiera relajarme para saborear la satisfacción de ese orgasmo, me incorporo para devolverle el favor a Antonella mientras está excitada.

-Ahora acostate vos -le digo con un susurro.
-Si, pero sacá otro. Mi preferido es el más grande.
-OK, debe ser fácil de encontrar… ¡Ah! Acá está. Preparate, va despacito…
-Sí, amor, con dulzura.

Ese “sí, amor” me dibujó una sonrisa en la cara y me estremeció un poquito. Me dispongo a metérselo, pero antes, decido volverme ciega otra vez. Traigo la pañoleta y me tapo los ojos. Al tanteo, encuentro su entrepierna y voy calzando el enorme consolador suavemente entre sus labios. Pongo toda mi atención en sus suspiros y gemidos.

Muevo el consolador muy, pero muy despacio. Los ruidos que hace Antonella me están excitando otra vez. Casi sin proponérmelo, con la mano libre comienzo a acariciar mis pechos, sin dejar de mover el juguete en el interior de mi amiga.


Reconozco sus gemidos. Son como los que hace cuando vienen sus clientes preferidos. Significa que lo está disfrutando. Eso me excita más.

Escucho que se mueve. Estoy tentada de mirar, pero me aguanto. Me acuesto sobre ella, sin dejar de empujar el consolador en su interior. Suelta un grito de goce intenso. Inmediatamente la beso con la boca abierta, y el grito resuena en mi interior. Nuestras lenguas luchan enloquecidas.

Su cuerpo inicia un movimiento ondulante, al tiempo que sus gritos se intensifican. Recorro su piel con mis labios y mi lengua: oído, cuello, hombros, pechos, pezones, abdomen, pubis. Abro sus piernas para poder colocar mi cabeza entre ellas y así lamer la cara interior de sus muslos a la vez que empujo el consolador hasta el fondo.

Las dos gemimos, gritamos, nos tocamos desaforadamente.

De pronto siento que me agarra las piernas y las ubica a ambos lados de su cabeza. Quedamos en un 69 perfecto. Empieza a lamerme y a meterme su lengua, haciendo pausas para gritar y gemir. Intensificamos nuestros movimientos y gritos, hasta que acabamos simultáneamente, con sendos alaridos de placer.

Me desplomo sobre ella, con mi cabeza apoyada en su pubis, y el mío apoyado en la suya. Me quedo buen un rato jadeando y recuperando la respiración. Dos orgasmos seguidos y tan intensos, es como demasiado...

-Fátima, ¿estás bien?
-Sí amor -le contesto con una gran sonrisa-. Te juro que cuando te llamé hoy para venir para acá ni me imaginé que pasaría esto.
-La vida te da sorpresas -cantó.

Me incorporo y me siento en la cama, a la vez que me saco la venda de los ojos. Antonella se sienta a mi lado. Siento ganas de llorar, no sé por qué, pero me contengo. Igual ella se da cuenta (obviamente), me abraza y me besa en el hombro.

-Vení, vamos a cambiarle la yerba al mate.

Nos vestimos, nos sentamos como estábamos al principio, con el mate y lo que quedó de torta. Se hace de noche. Quisiera quedarme con mi amiga hasta mañana, pero las dos tenemos cosas que hacer.

-Te acompaño hasta la puerta -me ofrece.
-Dejá, no hace falta, conozco el camino.

Le acaricio la mejilla y le doy un beso en los labios. Voy hasta la puerta, la abro y me la quedo mirando un instante.

-¿No te ibas?
-Sí, sí… ¡chau!

Vuelvo caminando despacio hasta mi depto. Mi mente quiere pensar, analizar lo que pasó, lo que siento, lo que va a pasar. Pero decido descartar todos los pensamientos, sólo para recordar los momentos vividos en esta tarde de chicas.


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