jueves, 2 de marzo de 2017

La visita

El orden y la limpieza en mi monoambiente van avanzando. Por lo menos ya despejé un sillón y la mesa ratona. No está tan mal a un mes de la mudanza. Ahora por lo menos puedo mirar la tele desparramada en el sillón con el mate y el termo apoyados en la mesita. Así estoy en este momento, tomando mate y recorriendo los 500 canales de Telecentro sin encontrar absolutamente nada para ver. Pero el sólo hecho de apretar las teclas del control remoto me da placer; de algún modo, me recuerda a las manos de Fede (para mí ya es “Fede”, aunque no lo haya vuelvo a ver) mostrándome cómo funcionaban todos los canales.

Quisiera que estuviera aquí ahora, desnudo, agachado buscando el forro en el bolsillo de su pantalón, como estaba ese día. Así es como quedó impreso en mi memoria. Parecía una estatua griega... el pensador de Rodín o algo así. Y obviamente, también recuerdo todo lo que me hizo sentir. Pero no con la mente; cada vez que pienso en ese día, el hormigueo vuelve a recorrer la zona de mi entrepierna.

Por momentos me arrepiento de no haberle pedido su teléfono. Aunque en realidad no sé para qué. Si lo llamara, pensaría que estoy desesperada, o que soy una acosadora. O las dos cosas. Y probablemente tendría razón. Igual él tiene mi número. Y mi dirección. Si quiere volver a verme, tiene cómo encontrarme.



Fátima desnuda mirando por la ventanaEscucho música proveniente del depto de mi vecina, la prostituta ciega. Es Sade... "Smooth Operator". Música de garche por excelencia. Debe estar con "El Mimoso" (uno de los clientes favoritos de la chica y el que más me gusta a mí para fisgonear). No hay tiempo que perder; es el momento de ejecutar mi plan.

Hace unos días decidí hacer algo loco. Y estúpido, probablemente. Pero sobre todo loco. Compré una cartulina grande y un marcador grueso, y escribí mi número de teléfono en la cartulina con los números más grandes que pude. Dejé la cartulina a mano, lista para cuando llegara este momento. Ahora tengo que ejecutar la fase 2.

Me desnudo en un santiamén, me cubro con la bata, agarro la cartulina y salgo al balcón.

Me quedo ahí parada, mirando al departamento de mi vecina, esperando pacientemente a que "El mimoso" mire hacia acá.

Fátima desnuda saliendo al balcón
Finalmente lo hace. En ese preciso instante, me quito la bata, quedando ahí parada, completamente desnuda, en mi balcón, al rayo del sol y a la vista de todo el pulmón de manzana. Que me vean todos los que quieran, no me importa.

"El mimoso" se aparta un poco de la chica, quien estaba muy ocupada desabrochándole la camisa y besándole el pecho. Se acerca a la ventana. En cuanto veo que tengo toda su atención, cubro mi desnudez con la cartulina, dejándole ver mi número de teléfono.

Así me quedo un rato, con cara de nada, esperando su reacción.

Veo que le dice algo a la dueña de casa. Intercambian unas palabras. Luego el hombre busca su celular, y mirando hacia mí, teclea mi número.

Suena mi teléfono.

Me pongo la bata y entro al departamento a atender.

-Hola -digo con la voz agitada.
-Hola -me dice una voz de mujer.

Miro hacia el departamento vecino y veo que "El mimoso" le pasó el teléfono a la mina.

-¿Así que me querés robar a mi cliente? -me dice con tono de muy enojada.
-¡No! ¡Para nada! No, mirá, yo sólo quería...
-¡Te estoy jodiendo, boluda! -me interrumpe-. Está todo bien, venite para acá, me dice Manuel que nos va a pagar a las dos.
-¿Cómo?
-Venite ya para acá. Es el 5° G. La dirección ya la sabés. Apurate, dale, que a Manuel le queda una hora nomás, después se tiene que ir.
-Pero es que... yo no...
-Te esperamos. Chau.

Miro hacia lo de la vecina. Los dos me están haciendo señas para que vaya rápido. Empiezo a revolver mi ropa. ¿Qué me pongo? ¡Qué importa! Una no ve y el otro ya me vio en bolas, no creo que les interese mucho la ropa que voy a llevar puesta.

Me echo un poco de perfume, me pongo un conjunto de ropa interior para ocasiones especiales, un short, una remera y hojotas, y salgo corriendo hacia el otro lado de la manzana.


Llego a la puerta rotulada con la letra G del 5° piso, sin aliento y con la lengua afuera. Toco el timbre. Me atiende la dueña de casa vestida con una bata. Más atrás lo veo a Manuel (antes conocido como El mimoso) cogoteando, notablemente ansioso por verme.

-Pasá -me dice la mujer con sus ojos dirigidos hacia el infinito- Yo soy Antonella. ¿Vos?
-Fátima.

Extiendo la mano para saludarla, pero obviamente no me ve (qué boluda soy).

Entro con pasos temerosos, mirando hacia todos lados.

-Vení, no seas tímida -dice Manuel con voz alegre-. No te vamos a comer. O mejor dicho, sí, pero en el buen sentido (risas generales).

Después de cerrar con llave, Antonella se acerca a la cama y se quita la bata, exponiendo un conjuntito de Caro Cuore hermoso, negro y rojo, que le debe haber costado una fortuna. Y le queda divino. Manuel me mira expectante. Ahora yo quiero lucir mi conjunto, que no será Caro Cuore, pero zafa bastante. Me quito las hojotas, la remera y el short, quedando en similares condiciones que la dueña de casa.

Manuel nos mira extasiado.

-No lo puedo creer, ¡cuánta belleza junta! -exclama-. Anto, tocala un poco, vas a ver lo linda que es.

Antonella se me acerca y lleva sus manos a mi cara, mientras yo me quedo inmóvil. Recorre mi cara igual que lo hace con las de sus clientes.

-Sos muy linda -me dice, seria, pero con una sonrisa.
-Vos también -le digo, también con toda seriedad.

Beso entre Fátima y Antonella
Sus dedos se detienen en mis labios. Sin darme tiempo a reaccionar, acerca su cara y me come la boca de un beso. Abro la boca, nuestras lenguas se trenzan en una lucha sin cuartel. Me abraza. La abrazo. Así estamos un tiempo. No sé si un minuto, una hora o un día. Nunca había tocado a una mujer, y menos besado a una de esa forma. Estoy extasiada con la suavidad de su piel, de sus labios, de su lengua. Intento desabrochar su corpiño, pero ella me lo impide, apartándose.

-Momento, momento. Manuel nos dirá cuándo desnudarnos.
-Está bien -digo, levantando las manos en señal de disculpa.
-Quédense ahí -pide Manuel-, déjenme verlas bien.

Las dos nos quedamos quietas, de pie, como concursantes de Miss Universo. Se nos acerca caminando lentamente.


-Ahora sí, entre las dos terminen de desvestirme.

Antonella toma la delantera, deteniéndose a desprender cada botón de la camisa. Yo la imito y empiezo a acariciar el pecho del hombre a medida que va quedando al descubierto. Antonella da un paso más y comienza a lamerlo. Yo no quiero ser menos, y hago lo mismo.

Manuel lanza profundos gemidos de placer. En el interior de su pantalón empieza a evidenciarse una notable erección. Le saco el cinturón, desprendo el botón del pantalón y le bajo el cierre. Tomo la mano de Antonella y la llevo hasta el miembro de Manuel. Ella empieza a acariciarlo, al tiempo que el hombre profundiza sus gemidos.

Entusiasmada, Antonella baja de un solo movimiento el pantalón de Manuel, dejando expuesta toda su virilidad. Sin más preámbulos, se la mete entera en su boca. No quiero quedarme afuera, así que me dedico a lamer sus bolas. Manuel está en la gloria, pegando alaridos de placer mezclados con palabras ininteligibles.

En medio de ese frenesí, nos toma de las cabezas para detener nuestra acción. Se sienta en la cama para tomar un respiro.

-Ahora -nos dice entre jadeos- quiero que se abracen como buenas amigas y que se saquen mutuamente los corpiños -nos señala alternativamente a cada una-. Vos a ella, y vos, a ella.

Fátima y Antonella, desnudas y abrazadasLa idea me gusta. Este Manuel es un tipo imaginativo. La guío a Antonella para abrazarme y le hago lo mismo a ella. Las dos empezamos a buscar el broche del corpiño de la otra, hasta que desprendemos los dos al mismo tiempo. Nos separamos un poco para que los corpiños caigan y nuestras tetas queden frente a frente. Nos abrazamos otra vez, para que Manuel vea nuestros pechos aplastarse y mezclarse, y nuestros pezones chocarse.

El hombre no puede más. Le da una palmadita en el hombro a Antonella. Se ve que ella ya sabe lo que tiene que hacer.

-Fatima, haceme un favor, tráeme un preservativo del cajoncito de allá -me indica la dueña de casa.

Traigo el forro mientras Manuel se acomoda boca arriba en la cama, quitándose lo que le quedaba de ropa, y Antonella se quita la tanga. Cumpliendo algún ritual conocido por ambos, Antonella procede a calzarle el forro a Manuel con mucha suavidad. Luego se le trepa encima, dándole la espalda y dejando que, lentamente, su pija entre bien adentro de ella.

Miro la escena, temiendo que a partir de allí sigan ellos solos y yo deba autosatisfacerme. Pero ninguno de los dos se mueve.

-Nena -ordena Manuel, dirigiéndose a mí-, vení, parate en la cama, de frente a Anto.

No termino de entender su idea, pero obedezco sus órdenes.

-¿Acá me paro?
-No, no. Parate apoyando los pies a la altura de mis rodillas, del lado de afuera. Eso, así, con las piernas abiertas. Pero acércate más a Anto.

Antonella extiende sus manos hasta encontrar mi cadera. Entonces me baja la tanga. Yo la ayudo para terminar de quitármela. Luego se afirma de mis glúteos, acerca su cara a mi concha y empieza a lamerme, a la vez que con su cadera inicia una lenta cabalgata encima de Manuel. Recién ahí entiendo la idea de este hombre y su imaginación para las fantasías sexuales. Pienso que entre los dos tenían todo planeado, y que mi visita les vino como anillo al dedo.


La lengua de Antonella hace maravillas entre mis labios vaginales. Apoyo mis manos en sus hombros para no caerme y veo cómo la cara de Manuel se tuerce en gestos de placer extremo. Desde aquí arriba me siento poderosa, y eso me excita más aún. Me aprieto las tetas, me acaricio el cuello, los hombros, me meto los dedos en la boca, humedezco mis pezones. Quisiera tener muchas manos para tocarme más.

Mi vecina va metiendo su lengua más adentro y la mueve con maestría. Sabe cómo hacerlo, seguramente por ser mujer, pero parece como si conociera a la perfección mis puntos más sensibles. Hace pausas para tomar aire y gemir y gritar, con esa voz que escucho cada vez que viene Manuel. Me imagino a mí misma, desde mi balcón, observando esta escena. Nota para mí: dejar la cámara de video y el trípode preparados en el balcón para situaciones como esta.

Siento que un orgasmo empieza a formarse en mi interior. Mis piernas tiemblan. No pueden sostenerme. Me dejo caer y quedo sentada en la cama. Antonella se da cuenta. Se levanta y se reclina hacia delante, poniendo su cabeza entre mis piernas para continuar la acción de su lengua.

Manuel aprovecha el cambio de posición para montar a Anto desde atrás, estilo perrito. Me mira fijo y yo lo miro. Los dos estamos al borde de la explosión.

Antonella con la cabeza entre las piernas de FátimaLa lengua de Anto hace magia con mi clítoris. Cierro los ojos. Respiro por la boca como si estuviera por parir. Un hormigueo recorre todo mi cuerpo. Me dejo caer hacia atrás. Mi espalda se arquea. Mis manos aferran la cabeza de Anto y la empujan para que meta su lengua más adentro. Siento como si una bomba atómica estallara entre mis piernas y la onda expansiva hiciera temblar todo mi cuerpo. Si esto es un orgasmo, entonces todos los que había sentido hasta ahora en mi vida eran una pobre imitación. De mi boca sale un sonido que parece una mezcla de aullido con lamento con un intento por cantar ópera.

Mi cuerpo queda flojo, temblando y sufriendo pequeñas convulsiones. El éxtasis no se va. Sigo sintiendo los efectos de ese orgasmo, y no dejo de gemir y dar gritos ahogados. Siento que pierdo la conciencia por un instante. Cuando abro los ojos, lo veo a Manuel arrodillado en la cama, masturbándose. Antonella está con la boca abierta y la lengua afuera con la cara frente al pene del hombre, esperando la eyaculación.

No quiero perderme esta parte, así que pongo mi cara junto a la de mi vecina y abro la boca igual que ella. Finalmente nos llega el baño de semen, acompañado de un grito que suena como el aullido de un oso.


Así como estoy me desparramo otra vez en la cama, totalmente rendida. Antonella, como si tal cosa, va a buscar unas toallitas húmedas para limpiarnos la cara. Me da unas cuantas y me las refriego por la cara para quitarme las salpicaduras de semen.

Manuel, después de recuperar el aliento, se levanta, junta su ropa y va al baño. Antonella, sentada al costado de la cama, recorre dulcemente mi cuerpo con su mano.

-Tranquila, ya pasó -me dice sonriendo.

Incapaz aún de hablar, me limito a responder con una tenue risita.

Manuel vuelve del baño acomodándose la ropa y le da a Antonella un beso de marido, al tiempo que le entrega un pequeño fajo de billetes. Luego me besa en la mejilla y se va.

Antonella cuenta los billetes, separa algunos y me los da.

-Toma, esto es tuyo.
-¿Qué? Dejate de joder -le digo-. No lo hice por plata.
-¿Y qué, lo hiciste por amor? Dale boluda, agarrá. Lo hiciste por placer, ya lo sé, pero cobrar es parte del placer. Y esta plata es tuya, te dije que Manuel nos pagaba a las dos.

Lo pienso unos segundos y agarro los billetes.

-Así me gusta -me dice-. Lo tenés que ver como un reconocimiento. Manuel se fue con una sonrisa de oreja a oreja. Estuvo feliz de la vida de largar toda esta plata. Significa que lo hicimos muy bien, que realmente nos ganamos esta guita.

Antonella sigue acariciándome maternalmente. Me está excitando de nuevo, pero no se lo quiero decir para que no deje de hacerlo.

Finalmente detiene las caricias (para mi desilusión) y apoya ruidosamente las manos en sus muslos.

-Bueno… -dice en tono de conclusión- ¿qué querés hacer? ¿Te querés dar una ducha? ¿Querés algo para tomar? Hacé lo que quieras, sentite como en tu casa. Te pido una cosa nomás, no me cambies los muebles de lugar.

Me río con ganas.

-No te rías, boluda -prosigue Antonella-. Algunos guachos me cambian las cosas de lugar y después me mato a tropezones.
-Me vendría bien un vaso de agua. ¿Te traigo?
-Dale, sí, pero agua no. Hay frizzé en la heladera, servite un par de vasos.
-Como digas.

Me siento rara andando desnuda por una casa extraña, pero para qué me voy a vestir si nadie me ve. Traigo los vasos llenos, le entrego uno a Antonella, brindamos y tomamos.

Las dos hacemos un largo silencio mientras tomamos el frizzé. De pronto Antonella se ríe sin motivo aparente.

-¿Cómo se te ocurrió salir en bolas al balcón, tapándote con un cartel con tu número de teléfono?

Acompaño su risa con una carcajada.

-Qué se yo -le digo-. No sé, debe ser la soledad que te hace hacer locuras.
-¿Hace mucho que te separaste?
-¿Cómo sabés que me separé?
-Si no, no habrías hablado de la soledad.
-Tenés razón. No, no hace mucho. Dos meses, más o menos. Pero parece que hubiera pasado una eternidad.

Antonella se queda callada un minuto, con una sonrisa en su cara.

-¿Alguna vez pensaste que harías esto que hiciste hoy?
-Mirá… fantasías tengo a montones. Imagino miles de cosas locas, pero nunca me había animado a hacer ninguna.
-Bueno, ya diste el primer paso. Y hasta cobraste… Ahora podés seguir haciendo realidad cualquier otra fantasía que tengas. Contá conmigo para lo que sea.

Me quedo pensando en silencio unos minutos.

-Bueno -continúa Antonella, rompiendo el silencio-, me alegra que hayas hecho esta locura. Me gustó conocerte. Está bueno tener amigas. Sentite libre de venir cuando quieras, aunque sea a charlar.
-Dale. Lo voy a hacer. Muchas gracias por todo, de verdad.
-No, boluda. A vos.

Empiezo a vestirme. Antonella me escucha y busca su ropa en el piso, al tanteo. Le alcanzo su conjunto de ropa interior y la bata.

Nos despedimos con un abrazo. En el camino de salida, dejo la plata sobre una mesa, sin hacer ni un ruido.

-Dejate de joder y llevate esa plata -me dice Antonella, enojada.

Dicen que los ciegos desarrollan una especie de sexto sentido. Yo no lo creía, pero parece que es verdad.


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