sábado, 25 de febrero de 2017

El instalador del cable

Mi vecina es una puta. No lo digo enojada ni a modo de insulto. Lo digo porque es un hecho. Es su trabajo; trabaja de prostituta. No me llevó mucho tiempo descubrirlo. Lo sospeché por la ropa que se puso el primer día que la vi, y lo confirmé los días subsiguientes al ver que cada día venían a “visitarla” distintos hombres, y con cada uno de ellos tenía ruidosos encuentros íntimos.

Fátima en ropa interior asomada al balcón
Esta mina me ha convertido en una mirona. Bueno, también contribuyó el hecho de que aún no han venido a instalarme el cable, por lo que no puedo ver la tele. Como sea, la observación del departamento situado al otro lado del pulmón de manzana se ha vuelto mi pasatiempo favorito.

Por suerte no todos los clientes son tímidos como el primero que la vi atender. Algunos no tienen problema en que quede la cortina abierta para dejarme ver el show. Incluso creo que algunos me han visto fisgonear, y hasta les ha gustado.

Debe ser muy buena en su trabajo, por que no pasa un día en que no reciba a algún cliente. Algunos días ha llegado a atender a más de uno.

Quizás el hecho de ser ciega le da una cualidad especial, un valor agregado, ya sea por que despierta el morbo de algunos, o por que su discapacidad la hace más sensible o más atenta a ciertos detalles que quizás cualquier otra prostituta pasa por alto.

Mi vecina trabajando con un clienteObservé que siempre lo primero que hace con sus clientes es tocarles la cara. Para reconocerlos, supongo, o quizás es parte del ritual.

He llegado a catalogar a algunos de sus clientes habituales. El primero que ví es “el tímido”, porque siempre le pide que baje la cortina. Después está el “Latin lover”, uno que se cree galán de telenovela; el gritón, el apurado, el mimoso, el enamorado (que siempre le trae flores) y varios más.

Como buena profesional, ella no interpreta el mismo papel con todos. Incluso se viste con la ropa preferida de cada uno. Me gusta la vestimenta que usa con el “Latin lover”: una especie de vestido de época, como si fuera un personaje de “Lo que el viento se llevó”.



Mis observaciones me han permitido detectar que ella tiene favoritos. Estoy segura. Lo sé por la autenticidad de sus gemidos. Con algunos clientes se nota que goza de verdad, mientras que con otros finge sus gemidos y sus gritos. Seguro que ellos no lo notan, pero yo sí; quizás por haberla escuchado tantas veces, o quizás por que soy mujer y sé distinguir un grito de placer verdadero de uno falso.

En este momento está con uno de sus favoritos. El “mimoso”. Es también mi favorito, sobre todo por que no tiene problemas en dejar la cortina levantada para que yo pueda ver el show. Por ahora están en los comienzos. Ella puso música; siempre le pone alguna música sugerente al mimoso. En este caso es el Bolero de Ravel. Él está besando sus pies mientras ella está recostada en la cama, aún vestida. Ella se acaricia el pecho; señal de que lo disfruta de verdad.

Mi mano se mete en mi bombacha casi por voluntad propia y empieza a acariciar mi entrepierna. Justo en ese momento suena la chicharra del portero eléctrico, casi matándome de un infarto. Camino de mala gana a atender.

-¿Quién es?
-Telecentro. Vengo a instalar el cable.

Puta. Me había olvidado que les dije que vinieran hoy.

-Pasá.

Mientras espero que suba el instalador del cable me miro en el espejo a ver qué parezco. Me arreglo un poco el pantalón y la remera. Suena el timbre. Al abrir veo un hombre alto, de unos veintipico, barba candado, con una sonrisa que encandila.

-Buenas tardes. ¿Puedo pasar?
-¡Sí, claro! Pasá. Disculpá el desorden.
-¿Recién se mudó?
-Más o menos. Hace dos semanas. Y por favor no me trates de usted, me hacés sentir una vieja.
-Perdón, disculpame. Es la costumbre, no parecés nada mayor.

No dije nada, pero me debo haber sonrojado con el piropo. Se produce un breve silencio incómodo, roto finalmente por él.

-Permiso, voy a pasar al balcón para entrar el cable.
-Sí, pasá. Ojo no te tropieces con una caja o una bolsa. Desde que me mudé me cuesta encontrar tiempo o ganas para ponerme a ordenar.
-Te entiendo. Y te aseguro que lo tuyo es algo muy común. Como instalador casi siempre voy a la casa de la gente cuando recién se está terminando de mudar.
-¿Y hay muchos casos de mujeres recién separadas?
-Y… sí, te diría que es un buen porcentaje.

Otro silencio incómodo. Esta vez soy yo la que lo rompe. Le extiendo la mano.

-Fátima.
-Federico.

Acepta mi mano y la estruja un poco. Tiene una mano grande y fuerte. Mi otra mano (otra vez por voluntad propia) se suma para formar un trío de manos y pasa los dedos por el anverso de la de Federico, sintiendo su piel. Cuando me doy cuenta de lo que estoy haciendo, suelto la mano al instante.

-Encantada -digo avergonzada y me adelanto a él para guiarlo hasta el balcón por entre las cosas tiradas en el suelo- vení por acá.

Al salir al balcón inevitablemente escuchamos los gemidos de mi vecina. Federico no hace ningún comentario, se limita a sonreír un poco, apoya su valija en la reposera y la abre.

-Es un bochorno, perdón por eso -le digo.
-No te disculpes. Vengo preparado -me muestra unos auriculares-. Voy a poner música fuerte así no me distraigo.

Se pone los auriculares y otra vez me encandila con su sonrisa. Me lo quedo mirando como una pavota.

-Bueno, voy a… -señala hacia fuera del balcón, dejando la frase inconclusa.
-Ah, sí, sí, perdón. Hacé lo tuyo.

Federico se sienta en la baranda, de espaldas al pulmón de manzana, y empieza a hacer su trabajo con los cables que bajan por el edificio. Mientras yo empiezo a deambular por el departamento, queriendo juntar cosas del suelo, pero sin saber en dónde ponerlas, ni saber para qué lo hago. Por último opto por encerrarme en el baño.

Me miro al espejo y me pregunto a mí misma qué me pasa. Pienso en la sonrisa de Federico y se me pone la piel de gallina. Empiezo a tocarme. Me desnudo. Me miro en el espejo. Me observo un rato. Me pongo perfume, me cubro únicamente con la bata y salgo del baño.

Federico está muy concentrado en su trabajo. Ni me ve. Los gritos de la vecina van increscendo al ritmo del Bolero. Saco una pañoleta de la mesa de luz, me vendo los ojos y me quedo arrodillada en la cama. Abro un poco la bata para que se insinúen mis tetas.

Espero.

Mi corazón late a lo loco.

-Disculpame, Fátima -me sobresalta la voz de Federico-, tendría que... Epa… ¿Qué...?
-¡No te asustes! -me apresuro a decirle-. Esto te parecerá un poco fuera de lo común…
-Es que…
-Te pido una cosa, nomás. Vení, acercate. Dejame sentir tu aroma.
-Sí… pero… es que estoy trabajando, esto podría traerme problemas…

Me quito la venda y me tapo la cara con las manos.

-Disculpame, soy patética. Por favor, disculpame.

Me cierro la bata, me bajo de la cama y huyo hacia el baño. Pero la gran mano de Federico aferra mi brazo y detiene mi huída.

-No, esperá. Por favor, esperá.

Lo miro a los ojos. Un escalofrío me recorre de pies a cabeza.

-Ni que fuera un trabajo tan importante. Qué importa si me echan.

Agarra la pañoleta de mi mano, se pone a mis espaldas y me venda nuevamente los ojos. Me doy vuelta y le toco la cara, igual que como hace mi vecina con sus clientes. Siento su olor a hombre limpio, sin perfume, con un lejano dejo de sudor. Lo deseo con todo mi cuerpo, quiero que me posea ya mismo. Siento un hormigueo en la entrepierna. Me vuelve a agarrar del brazo y me guía hasta la cama.

-Vení, arrodillate como estabas recién.

Le hago caso. Él se arrodilla detrás de mi. Siento las puntas de sus dedos bajando por el medio de mi pecho, abriendo la bata.

-Sos una mujer hermosa -me susurra al oído. Todo mi cuerpo se estremece.

Sus manos recorren mi cuello y mis hombros, terminando de abrir la bata y de quitármela. Siento las puntas de sus dedos recorriendo mi espalda. Los escalofríos bailan por toda mi piel.

Escucho que se baja de la cama, la rodea y vuelve a subirse, esta vez frente a mí. Siento la humedad caliente de su lengua en mi pezón izquierdo. Un ruidoso gemido escapa de mi boca, al tiempo que un temblor sacude mi cuerpo. La lengua ahora pasa al pezón derecho. Siento sus dientes mordiéndolo suavemente, y luego sus grandes manos aferrando mis tetas. Otro gemido se me escapa, aún más ruidoso que el anterior.

Se produce una pausa. Otra vez se baja de la cama. Escucho ruido de ropa cayendo al suelo. Imagino que ya está desnudo. Quiero mirar pero me contengo. Vuelve a subirse a la cama.

Siento que algo toca mis labios. Enseguida me doy cuenta que se trata de su pene. Abro mi boca y lo como completo. Lo chupo, lo lamo, lo disfruto como si fuera un helado de frutos del bosque. Acaricio sus testículos. Están apretados, listos para expulsar su contenido. Por Dios, cómo extrañaba esto. Aferro su culo y acompaño el movimiento de su cadera, entrando y saliendo con su miembro de mi boca.

Lo escucho gemir, con una voz que casi parece un ronquido. Su movimiento se intensifica hasta que se detiene abruptamente y se aleja. No quiso acabar tan pronto. No en mi boca. Otra vez se baja de la cama.

Me quito la venda de un ojo para verlo desnudo. Por Dios, qué hombre. Está hurgando en el bolsillo de su pantalón. Saca un forro, lo abre y se lo pone en esa firme estaca que tiene por pene. Vuelvo a vendarme los ojos y me acuesto en la cama, con las piernas abiertas.

Escucho que se sube a la cama. Hace una pausa. Imagino que me está contemplando. Ahora acaricia mis piernas. Recorre mis muslos hasta llegar a mi entrepierna. Me mete los dedos y juega un poco. Luego acerca su lengua y la mete también. Ahora siento su lengua subir por mi abdomen. Pasa por mi pecho y al llegar a mi cuello siento el peso de su cuerpo sobre el mío. Me penetra. Con suavidad. No se mueve. Su pene se queda quieto llenando mi cavidad. Latiendo. Mi vagina quiere acción. Mis caderas empiezan a moverse y yo a gemir cada vez más fuerte.

Mis manos estrujan las sábanas. Mi espalda se arquea. El Bolero de Ravel está en sus acordes culminantes, al igual que los gritos de mi vecina. Siento la inminencia del orgasmo. Me quito la venda de los ojos. Lo veo con la boca abierta, mirándome fijo. Agarro su pecho con mis manos, lo araño. Lo escucho gemir, ahora más notoriamente.

Sus movimientos se intensifican. Sus músculos se tensan. Mi cuerpo se retuerce de placer, al tiempo que suelto un alarido que debe escucharse en todo el barrio.

Él todavía no acaba. Sigue intensificando sus movimientos y sus gemidos, y yo lo sigo gozando. Lo abrazo, acaricio su espalda. Sus músculos están tensos, duros como la roca. Siento su aliento en mi cara.

Mi clímax ya pasó, pero siento que mi orgasmo sigue. Mi cuerpo no quiere detenerse. Quiere más. Sigo gritando y acompañando sus movimientos con mis caderas.

El instalador del cable dándome por atrás
De pronto se aparta. De un solo movimiento me toma del hombro, me da vuelta sobre mí misma y me pone boca abajo. Yo me entrego a sus deseos. Que me haga lo que quiera. Agarra mis caderas y las levanta. Mi culo queda expuesto a sus antojos. Se aferra de mis caderas y desliza su pija en mi ano. Entra suavemente, gracias a la lubricación que trae de mi vagina.

Nunca tuve una pija tan grande en mi culo. Me duele, pero me encanta.

-¡Cojeme! ¡Cojeme! ¡Así, así, fuerte! -le grito.

Mis alaridos se hacen más fuertes. Me bombea con todas sus fuerzas mientras froto desesperadamente mi clitoris para llegar otra vez al clímax.

Siento su pene explotar dentro de mí, al tiempo que un grito ronco y culminante sale de su boca. Lo acompaño con otro alarido. Aflojo mis piernas y me desplomo en la cama. Él cae sobre mi. Su miembro sigue latiendo en mi interior. Los dos jadeamos a la par, serenando de a poco la respiración.

Segundos después siento que se levanta y se acuesta a mi lado, boca arriba, jadeando aún. Me pongo un poco de costado para mirarlo. Me tienta decirle “gracias”, pero no quiero que sienta que me hizo un favor. En cambio, le pregunto si le gustó.

-Me encantó. Y me sorprendiste. Creas o no, nunca había tenido sexo con una clienta.
-No te creo. Pero bueno, supongamos que es verdad.

Quiero abrazarlo y quedarme dormida en su pecho, pero me contengo. Se levanta, junta sus ropas y va al baño. Me cubro con la bata y espero mi turno para el baño. Sale vestido igual que cuando llegó. Me lo cruzo en el camino al baño; intercambiamos miradas sonrientes.

Me siento en el inodoro y lloro. No sé por qué. Sé que hay mujeres que lloran después del sexo, pero a mí nunca me había pasado.

Me doy una ducha rápida, me seco el pelo y me visto con la misma ropa que antes me había quitado.

Al salir del baño, lo veo cambiando canales en el televisor.

-Ya está listo.

Me acerco para mirar.

-Fijate, andan todos los canales -me explica-. El teléfono también anda -levanta el tubo para mostrarme que tiene tono-. Acá te dejo el manual del deco y acá te anoté tu nuevo número de teléfono. Este es el router. ¿Tenés computadora?
-No, por ahora no.
-Bueno, cuando tengas, le enchufás este cable y vas a tener internet. Cualquier cosa que necesites, acá tenés el número de servicio técnico.
-¿Me vas a atender vos?
-No, lamentablemente no. Yo sólo hago instalaciones.

Otra vez me mira con esa sonrisa encandilante. Tengo que mirar a otro lado para no saltarle al cuello y comerle la boca de un beso.

-Bueno, eso es todo entonces -dice con tono de saludo.

Le tomo la mano con la mía, y con la otra acaricio el anverso de la palma, esta vez sin la timidez de nuestro saludo inicial.

-Gracias -le digo mirándolo a los ojos.
-No, gracias a vos.

Le suelto la mano. Agarra su valija, da media vuelta y se va.

Me siento en mi reposera en el balcón. Mi vecina está asomada al suyo, apoyada en la baranda, como si mirara para acá.

-¡Hola! -le grito.
-¡Hola! -contesta.
-¿Todo bien?
-Todo bien. ¿Por allá?
-Muy bien, gracias.

Me quedo esperando a ver si dice algo más.

-¡Hasta luego! -dice después de un rato, saludando con la mano.
-¡Nos vemos!

Qué pelotuda, ¿cómo le voy a decir “nos vemos” a una ciega?


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