lunes, 13 de febrero de 2017

Bienvenida al barrio

Mi nuevo departamento, apenas me mudéPor fin terminé la mudanza. “Terminé” es un decir; todas mis cosas están aquí, en mi nuevo departamento, pero en cajas, canastos y bolsas. Y así se quedarán hasta que junte fuerzas para desempacar, cosa que puede ocurrir de acá a una semana, a un mes o a un año. Por ahora no me interesa desempacar nada. Iré abriendo los bultos a medida que vaya necesitando las cosas.
De todos modos, tengo en mis manos todo lo que necesito: un vaso de plástico y una botella (abierta) de vino blanco bien frío.

Las horas que le restan a mi día de mudanza las voy a dedicar a relajarme en mi nuevo balcón y a acostumbrarme al paisaje que me brinda este nuevo entorno: el pulmón de manzana. Es detestable, pero es todo lo que pude conseguir en tan poco tiempo. Tenía que salir de esa casa antes de que mi novio me matara de un golpe en la cabeza. Con tiempo, saldrá la sentencia del juez y me tendrá que pagar una casa decente, pero mientras tanto, este monoambiente es lo que necesito para mantenerme lejos y a salvo del violento con el que me junté.

Quién sabe, tal vez me termine acostumbrando a este balcón y a esta vista.

El primer encuentro con mi vecinaEn el balcón opuesto aparece una chica. Una vecina. Espero que sea buena onda. Me mira. La saludo con la mano. “Hola” le grito, y agito la mano con más entusiasmo. Ella gira la cabeza como buscando el origen del saludo, pero no me ve. Nuestros balcones están a la misma altura, a escasos veinte metros de distancia. Finalmente se da la vuelta y se mete en su departamento. Evidentemente no es buena onda.

Me dedico a relajarme en mi reposera, a disfrutar mi vino y a buscar aunque sea algún fragmento de cielo que se deje ver entre los edificios. Apenas logro ver un pedacito de celeste entre las paredes grises y mohosas de los contrafrentes.

Mis párpados se están poniendo pesados. Apoyo la botella y el vaso en el suelo, antes de que se me caigan, y dejo que el sueño me gane.

Al abrir nuevamente los ojos descubro que ya casi anocheció. Mi departamento está oscuro. Muchos vecinos ya han encendido las luces, a excepción de mi vecina, la antipática. A pesar de la oscuridad alcanzo a verla a través de la ventana. Su departamento es un monoambiente como el mío. Observo que se está cambiando. Estará por salir... ¿Pero por qué no enciende la luz? ¿Le preocupará que la vea? No sé cómo hace para no llevarse las cosas por delante.

Ahora se peina, pero sigue en la semipenumbra. ¿Cómo hará para maquillarse? Tal vez no lo necesite.

El vestido que se puso es bastante provocativo. Cortito, escotado y sin espalda. Le queda bien; tiene un lindo cuerpo. Pero para mi gusto debería usar uno un poco más grande; éste no deja nada librado a la imaginación. No sé con quién irá a salir, pero creo que ese vestido puede dar un mensaje equívoco. Además no hace tanto calor como para andar con tan poca tela encima.

La chicharra de su portero se escuchó desde acá. Flor de susto se pegó con el ruido... Ahora sí encendió la luz. Contesta el portero y, mientras espera, rocía todo con desodorante de ambientes. El olor me llega hasta acá. Es un perfume intenso y exótico, que me transporta a escenarios misteriosos del lejano oriente. Lo que es capaz de hacer un simple olorcito...

Parece que la vino a buscar un señor. O mejor dicho, vino de visita, porque ella lo invitó a pasar. Se sienta en la cama. Se ve que es alguien de confianza, porque ahí nomás se quitó el saco y los zapatos. Ella se sienta a su lado y le toca la cara, con la vista hacia el infinito. ¡Es ciega! Claro, con razón, ahora entiendo todo: por qué no encendia la luz, por qué no respondió a mi saludo. Pobre, y yo la estaba criticando por antipática.

Ahora ella le desabotona la camisa y luego le da la espalda. Aprovechando que el vestido deja su espalda desnuda, él comienza a acariciarla y a besarla. De pronto se detiene y señala hacia la ventana. Ella se pone de pie, camina hacia la ventana y baja la cortina.

Egoístas, no me dejan disfrutar del show. Me da ganas de gritarle para que deje la cortina levantada, pero sería incorrecto.



No pasan ni cinco minutos hasta que empiezo a escuchar los gemidos y gritos de placer de mi vecina.

Me pregunto qué sensaciones experimentará una mujer ciega durante el sexo. ¿Se intensificarán las sensaciones auditivas, olfativas, táctiles, gustativas?

Experimentando con la privación de la vistaMe dieron ganas de experimentar un poco. Abro de par en par el ventanal de mi departamento para que el sonido exterior llegue hasta mi cama. Me vendo los ojos, me desnudo, me acuesto en la cama y, con ayuda de mi juguete favorito, me masturbo al ritmo de los gritos de mi vecina.

Al anular mi visión, mi atención se centra en el ruido de mi respiración, la sensación de mi piel rozando con el cobertor de la cama, la temperatura del consolador al tocar mis labios vaginales, la sensación de calor que aumenta a medida que acelero la velocidad con que lo meto y lo saco. La textura de mi propia piel me parece ajena. Siento con más intensidad el perfume proveniente del departamento vecino. Imagino que el consolador es el miembro de un árabe de piel oscura y pelo negro como el carbón (total, imaginar no cuesta nada). Sólo quisiera sentir el peso de su cuerpo sobre el mío, su lengua recorriendo mi cuello, sus manos apretando mis pechos.

Mi orgasmo llega como una tromba, en el preciso momento en que mi vecina emite su último y agónico grito. Para no ser menos, me permito gritar a la par de ella, sin preocuparme de que alguien me escuche. Luego, sólo escucho el silencio, mientras mi respiración y mi corazón recobran sus ritmos normales.

Recuperándome después del intenso clímax
Me tomo unos minutos para seguir disfrutando de este mundo de penumbras, de sensaciones intensas y novedosas.

Finalmente, me quito la venda para volver a usar mis ojos. Me envuelvo en un toallón y salgo al balcón. Me quedo sentada en la reposera, mirando atentamente al departamento de mi vecina, tratando de imaginar lo que ocurre tras esa cortina.

Después de un buen rato, la cortina se levanta. Ella está sola otra vez, ahora cubierta por una bata. Su departamento está nuevamente en penumbras.

Es curioso, siento que mi vecina me dió un regalo de bienvenida al barrio, sin saberlo, y sin siquiera saber que existo.

“¡Gracias!”, grito bien fuerte. Ella levanta un poco la cabeza y sonríe. Siento que ya somos amigas.

Es tarde. Debo vestirme y bajar a buscar alguna rotisería en donde comprar algo para comer.


3 comentarios:

fran dijo...

Me quede sin palabras. Con lo que leí. Me encantas!! Te mande solicituc en facebok. Aceptamela. Porfi.

SweetD dijo...

Me encanto, como escritora novata de literatura erótica, me fascino, es fantástico.

Edu dijo...

MUY BUENO, ME ENCANTO

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